La herencia negra
La realidad resignifica constantemente cuestiones inherentes a los prejuicios como a las discriminaciones. La creatividad del arte convierte estos temas en una caja de herramientas donde se simboliza lo negro, lo afro, la negritud.
Sergio De Matteo *
Hace algunas semanas ocurrió un hecho en Brasil que involucró la detención de una abogada argentina bajo la concepción de racismo. Un video ampliamente difundido la muestra haciendo gestos burlescos de animalización (proferido a otros seres humanos) y, específicamente, se ve la representación o imitación de un mono, además, entre las palabras que pronuncia, llega a escucharse “Amazonas”, como determinante de una naturaleza salvaje.
La historia nos exhorta que la negritud está presente en toda Latinoamérica desde la colonización, y que ha ido obteniendo legitimidad en las políticas de Estado. En muchos países fue invisibilizada, como es el caso de Argentina, pero con el tiempo han surgido organizaciones y estudios que reivindican su presencia y sus aportes en lo político y lo sociocultural.
La nación que gobierna Lula recibió en la época de la conquista la mayor cantidad de esclavos africanos, más de 5 millones, ante la desigualdad y el prejuicio heredado activaron un instrumento legal que es la Ley Nº 7716, que define el delito de racismo e incluye una amplia variedad de conductas, así como también la promulgación de la Ley Nº 14.532/2023, que incluye el daño racial en la Ley de Delitos Raciales en equivalencia con el racismo, convirtiendo la conducta también en un delito no sujeto a fianza e imprescriptible, además de prever hipótesis específicas de aumento de la pena.
Esta situación en lo real nos permite revisitar la producción artística del poeta puertorriqueño Luis Palés Matos, que ha marcado la tendencia literaria de la negritud, primero, y de lo afroantillano, en segundo lugar, en Nuestra América.
Luis Palés Matos.
Nacido en Guayama, Puerto Rico en 1898 y fallecido en Santurce en 1959. Fue escritor, poeta, actor y periodista, considerado uno de los máximos exponentes de la poesía afroantillana. Influenciado por el modernismo en sus inicios, desarrolló un estilo vanguardista conocido como “diepalismo”, el cual se centraba en la musicalidad y la sonoridad de los versos.
Algunos datos pertinentes: proviene de familia literaria, publicó su primer libro, Azaleas, a los 16 años. Escribe el poema “Pueblo negro” en 1925, donde introduce el tema de la negritud en su poesía. Con el texto Tuntún de pasa y grifería (1937) obtiene el primer premio del Instituto de Literatura Puertorriqueña. Está considerado junto al poeta cubano Nicolás Guillén y el escritor dominicano Manuel del Cabral, uno de los máximos exponentes de la poesía afroantillana.
Trabajó como cartero, oficinista y maestro rural, oficios que se reflejan en su poesía. Colaboró con la Alianza Puertorriqueña en la década de 1920 para promover la independencia de su país. En 1940 fue nombrado Poeta Residente en la Universidad de Puerto Rico.
Negritud.
El poema “Pueblo Negro”, de Palés Matos, representa su temprana etapa negrista y se convierte en una especie de cuadro evocador en el que lo negro se esencializa; además lo piensa y concreta antes del surgimiento del concepto teórico “negritud”: “Esta noche me obsede la remota/ visión de un pueblo negro…/ -Mussumba, Tombuctú, Farafangana-/ es pueblo de sueño,/ tumbado allá en mis brumas interiores/ a la sombra de claros cocoteros”.
“Entender plenamente que la negritud -nos dice el poeta, ensayista y periodista Hugo Gutiérrez Vega- en la poesía de Palés no tiene ninguna intención folclorizante, ni asomo alguno de paternalismo ni, mucho menos, contenido ideológico inmediatista, es condición imprescindible para acercarnos a sus construcciones poéticas celebratorias de las características intransferibles de la cultura antillana”.
Recordemos que el concepto de “negritud” tiene su origen en la primera mitad del siglo XX en París, como un movimiento intelectual y social que buscaba el reconocimiento del hombre negro.
Un grupo de estudiantes, radicados, justamente, en Francia, entre ellos Aime Césaire, Rene Maran, León Damas, Leopold Sedar Senghor, fundaron dos revistas político-literarias en las cuales trataban de concienciar a las y los negros: Defensa legítima (1932) y El estudiante negro (1934). Para Césaire, la negritud era el lugar de combate por la descolonización y liberación de los pueblos oprimidos y de trabajo estético en procura de una expresión de la singularidad histórica y vivencial de pueblos del tercer mundo. La negritud, para Senghor, es una voluntad de ser uno mismo o una misma, de revelarse a si mismo, integrándose en el campo de las civilizaciones en la civilización universal.
Ese reconocerse en uno mismo, como negro, o como indio, ampliando la acepción, queda explícito en la vida y experiencia de la coreógrafa, compositora, diseñadora y gran figura del arte afroperuano, Victoria Santa Cruz, cuyo poema “Me gritaron negra” se convierte en un himno de reivindicación: “Tenía siete años apenas,/ apenas siete años,/ ¡qué siete años!/ ¡no llegaba a cinco siquiera!/ De pronto unas voces en la calle/ me gritaron ¡Negra!”.
María Elena Diez Pérez señala respecto a la toma de posición de Palés Matos, pero podríamos asignárselo a Santa Cruz, que es “una forma de rebelión intelectual que hace crear conciencia a las diferentes culturas africanas: la negritud es la historia viva de la cultura del negro”. En ese sentido, Palés Matos lo hará a través de poemas como “Pueblo Negro”, “Danza Negra” o “Majestad Negra”, o apreciaciones como “Me refiero al negro. Una poesía antillana que excluya ese poderoso elemento me parece casi imposible”.
Afroantillano.
La colección de poemas Tuntún de pasa y grifería lo consagra a Palés Matos, junto con el poeta afrocubano Nicolás Guillén, como fundador del movimiento literario conocido como Negrismo.
Estos poemas también suscitaron críticas hacia el portorriqueño, quien era blanco, por su apropiación de elementos y tópicos africanos. Tras “Tuntún” se alejó del énfasis del Negrismo, para adentrarse en una obra más antillana que hacía hincapié en temas afroamericanos.
Resaltábamos lo negro, el negrismo o la negritud, en Palés Matos, que se anticipa, incluso, una década a los pensadores y poetas radicados en París -Cesáire, Damás, Senghor, entre otros-, como las coincidencias y la influencia sobre el cubano Nicolás Guillén y su Sóngoro Cosongo (1931), o el dominicano Manuel del Cabral y Doce poemas negros (1935) o Trópico negro (1942). De este reservorio y primera matriz vendrá luego la transición a lo afroantillano.
La investigadora Deicy Jiménez resalta que “El tema africanista en la producción poética de Palés Matos muestra una evolución que va desde las influencias modernistas hasta una expresión completamente vanguardista, marcada por el uso de la onomatopeya”. La onomatopeya es la formación de una palabra por imitación del sonido de aquello que designa. Palés Matos logra resolver el asunto a favor de lo negro al liberarlo de su interior, al sacarlo de la irrealidad a través de una poesía libre de métricas clásicas y de una concepción más dinámica de la cultura africana.
La negritud sirvió en los países latinoamericanos para estimular a los descendientes de esclavos a la lucha por la libertad. Esto es importante, porque Manuel Zapata Olivella señala que la negritud en América tiene resonancia de cadena, bodegas, inquisición, látigos, plantaciones, esclavitud, linchamientos, palenque, así como de libertad, rumba, tango, marinera jazz, espiritual, blues, y calificaciones como cimarrón, mandinga y diablo. En ese sustrato cultural debemos incluir el ámbito mágico religioso, donde vemos el vudú en Haití, la santería en Cuba y el candomblé en Brasil.
Símbolos negros.
La inclusión de animales de origen africano en el poema “Pueblo Negro” complementa el cuadro social, cultural y referencial de la naturaleza: “El compacto hipopótamo se hunde/ en su caldo de lodo suculento,/ y el elefante de marfil y grasa/ rumia bajo el baobab su vago sueño”.
Palés Matos ha escogido imágenes que sintetizan el paisaje africano. Su identidad africana se relaciona con su lenguaje, ya que su canto está “pululado de úes que se aquietan/ en balsas de diptongos soñolientos, y de guturaciones alargadas”. Algunas palabras incluidas en otros poemas del libro “Tuntún de pasa y grifería” (como por ejemplo tun-cu-tum, bambú y Tombuctú, entre otras) muestran la prominencia de la vocal “u” en los lenguajes africanos. O sea, lo sonoro…
José Luis González, en el ensayo “Literatura e identidad nacional en Puerto Rico”, subraya que la poesía de su coterráneo significa un descubrimiento señero y definitivo: la afro/antillanidad raigal de nuestra identidad de pueblo. Para Margot Arce de Vázquez, prologuista de Poesía Completa (edición de la Biblioteca Ayacucho de Venezuela), el poeta boricua fue de los primeros en nuestro hemisferio en reconocer la dignidad del negro, su identidad como hombre y creador de cultura.
Así como aludimos a lo religioso o mágico, también estudiosos de su obra señalan la frontera, la insularidad, pero además, se ha vendido una imagen de las Antillas basada en el placer sexual, la bebida y el carácter abierto y alegre del negro que no se corresponde con la realidad: “Puta, ron, negro. Delicia/ de las tres grandes potencias/ en la Antilla”. Acorde a lo dicho, Mónica Mansour, en su ensayo “La poesía negrista” (1973), enfatiza que “no ven en el Caribe más que placeres desorbitados que están excluidos -por su falta de prestigio- de la sociedad en que ellos viven habitualmente […] Por tanto, los turistas que visitan la Isla no conocen ni comprenden lo que es realmente la cultura antillana porque la continúan viendo desde la perspectiva del hombre blanco, occidental y colonizador”.
Deconstruir la instalación de estereotipos, de imaginarios, es un trabajo que han realizado numerosos ensayistas, lo cual nos permite focalizar en una serie que responde a ese fantasma que sobrecoge a las clases dominantes, esos espectros que atentan contra la hegemonía, mucho más si ese poder se ejerce desde Estados Unidos. Entonces, Luis Palés Matos irá enhebrando poemas que resignifican esa perspectiva de y desde el territorio, paisaje y sus gentes, como “Mulata-Antilla”, “Danzarina africana”, “Pueblo Negro”, “Majestad Negra” o “Danza Negra”.
* Colaborador
“Majestad negra”
Por la encendida calle antillana
Va Tembandumba de la Quimbamba
-Rumba, macumba, candombe, bámbula-
Entre dos filas de negras caras.
Ante ella un congo -gongo y maraca-
ritma una conga bomba que bamba.
Culipandeando la Reina avanza,
Y de su inmensa grupa resbalan
Meneos cachondos que el congo cuaja
En ríos de azúcar y de melaza.
Prieto trapiche de sensual zafra,
El caderamen, masa con masa,
Exprime ritmos, suda que sangra,
Y la molienda culmina en danza.
Por la encendida calle antillana
Va Tembandumba de la Quimbamba.
Flor de Tórtola, rosa de Uganda,
Por ti crepitan bombas y bámbulas;
Por ti en calendas desenfrenadas
Quema la Antilla su sangre ñáñiga.
Haití te ofrece sus calabazas;
Fogosos rones te da Jamaica;
Cuba te dice: ¡dale, mulata!
Y Puerto Rico: ¡melao, melamba!
¡Sus, mis cocolos de negras caras!
Tronad, tambores; vibrad, maracas.
Por la encendida calle antillana
-Rumba, macumba, candombe, bámbula-
Va Tembandumba de la Quimbamba.
“Danza negra”
Calabó y bambú.
Bambú y calabó.
El Gran Cocoroco dice: tu-cu-tú.
La Gran Cocoroca dice: to-co-tó.
Es el sol de hierro que arde en Tombuctú.
Es la danza negra de Fernando Poo.
El cerdo en el fango gruñe: pru-pru-prú.
El sapo en la charca sueña: cro-cro-cró.
Calabó y bambú.
Bambú y calabó.
Rompen los junjunes en furiosa u.
Los gongos trepidan con profunda o.
Es la raza negra que ondulando va
en el ritmo gordo del mariyandá.
Llegan los botucos a la fiesta ya.
Danza que te danza la negra se da.
Calabó y bambú.
Bambú y calabó.
El Gran Cocoroco dice: tu-cu-tú.
La Gran Cocoroca dice: to-co-tó.
Pasan tierras rojas, islas de betún:
Haití, Martinica, Congo, Camerún;
las papiamentosas antillas del ron
y las patualesas islas del volcán,
que en el grave son
del canto se dan.
Calabó y bambú.
Bambú y calabó.
Es el sol de hierro que arde en Tombuctú.
Es la danza negra de Fernando Poo.
El alma africana que vibrando está
en el ritmo gordo del mariyandá.
Calabó y bambú.
Bambú y calabó.
El Gran Cocoroco dice: tu-cu-tú.
La Gran Cocoroca dice: to-co-tó.
“Pueblo negro”
Esta noche me obsede la remota
visión de un pueblo negro…
-Mussumba, Tombuctú, Farafangana-
es pueblo de sueño,
tumbado allá en mis brumas interiores
a la sombra de claros cocoteros.
La luz rabiosa cae
en duros ocres sobre el campo extenso;
humean rojas de calor las piedras,
y la humedad del árbol corpulento
evapora frescuras vegetales
en el agrio crisol del clima seco.
Los aguazales
cuajan un vaho amoniacal y denso.
El compacto hipopótamo se hunde
en su caldo de lodo suculento,
y el elefante de marfil y grasa
rumia bajo el baobab su vago sueño.
Allá, entre palmeras,
está tendido el pueblo…
-Mussumba, Tomboctú, Farafangana-,
caserío irreal de paz y sueño.
Alguien disuelve perezosamente
un canto monorrítmico en el viento
pululado de úes que se aquietan
en balsas de diptongos soñolientos
y de guturaciones alargadas
que dan un don de lejanía al verso.
Es la hembra que canta
su sobria vida de animal doméstico.
Es la negra de las zonas soleadas
que huele a tierra, a salvajina, a sexo.
Es la negra que canta,
y su canto sensual se va extendiendo
como una clara atmósfera de dicha
bajo la sombra de los cocoteros.
Al rumor de su canto
todo se va extendiendo,
bajo la clara atmósfera de dicha
bajo la sombra de los cocoteros.
Al rumor de su canto
todo se va extinguiendo.
Y sólo queda en mi alma
la ú profunda del diptongo fiero,
en cuya curva maternal se esconde
la armonía prolífica del sexo.
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