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Domingo 15 de febrero 2026

Las visitas de Luis Luchi

Redaccion Avances 15/02/2026 - 06.00.hs

Corrían los años sesenta cuando el poeta Luis Luchi comenzó a venir a Santa Rosa con su venta de libros. Con el paso del tiempo conoció y forjó amistad con escritores, poetas y personalidades de la cultura local que lo recuerdan con cariño y respeto.

 

Juan Aldo Umazano *

 

Estaba ordenando libros. El trabajo de todo librero -a parte de atender y vender-. Fue en uno de esos momentos cuando entró un señor de baja estatura, pelado, con una coronilla bastante canosa. Después supe que apenas tenía cuarenta y dos años, y preguntó por Norberto Righi.

 

- No está. Es viajante. (En esa época existían los viajantes)

 

- ¿Cuándo regresa?.

 

- El sábado por la mañana.

 

- Dígale que vino a saludarlo Luchi.

 

 

No hubo más palabras. Paseó la mirada por algunas estanterías, dijo hasta luego, y se fue. (Después supe que en ese momento andaba con un gran dolor de muela, por eso su silencio). Quién iba a imaginar que ese momento era el comienzo de una amistad.

 

El sábado por la mañana llega Norberto a su librería, y quiere saber las novedades. Saber por saber; muy poco tenía que ver él, con el control de ese negocio que yo le atendía en ese momento, y menos con el control económico. Sí, le preocupaba los temas que trataban los libros.

 

- Vino a saludarte tu amigo, el mago.

 

- ¿Qué mago?

 

- Faluchi- le digo-. En ese tiempo andaba de gira por La Pampa.

 

 

La cara de Norberto se llenó de extrañeza. Sabía quién era Faluchi, pero no era amigo de suyo.

 

Pasó el fin de semana y a Norberto no lo vi hasta el fin de semana siguiente. Apenas entró ese sábado, sonrió mirándome.

 

 

-El que preguntó por mí fue Luis Luchi. El poeta, no el mago Faluchi.

 

 

Se habían encontrado con Luchi en el viejo Hotel Pampa.

 

- Bueno, en algún aspecto también es un mago, pero con la palabra-, me dijo y rió.

 

Se conocían de antes, de Buenos Aires. Norberto era de Palermo. Siempre el humor desopilante le asomaba inteligente, y solía decir; “Yo soy de Palermo, cuna de poetas y de guapos. Y como nada tenía que hacer ahí, me vine para La Pampa”. Ocurrencia que nunca olvidaré.

 

La presencia de Luchi en La Pampa era porque también vendía libros. Una tarde vuelve a la librería -calle Hipólito Yrigoyen- a una cuadra de la plaza San Martín, y nos pusimos a charlar. Tomamos mate -algo infaltable en ese lugar- y quedamos en vernos en el entonces Hotel Pampa.

 

Yo nunca había escuchado hablar de él y menos de su poesía. Tomamos café. Le faltaba la puntita del dedo índice de la mano derecha, que solía por costumbre, mostrar cuando charlaba en un gesto repetido, o para indicar algo. Había tenido un accidente, cuando trabajaba en un taller de hierro forjado, hasta que su mujer se recibió de médica. Me habló de sus conocidos en La Pampa. Los Hermanos Simpson, Juan Carlos Bustriazo, Edgar Morisoli. Con los dos poetas pampeanos, más que amigos en ese momento, se conocían por sus poesías, creo.

 

Su llegada a La Pampa fue contemporánea con el Camaruco. Que por supuesto, lugar al que se incorporó inmediatamente.

 

Cosechó amigos, y durmió en la Casa de la calle Ameguino, invitado por Gustavo Pérez Isa y todos los que deambulábamos ese lugar.

 

Luis Luchi, en esa época, de acuerdo a mi apreciación, fue la persona que más amigos cosechó. Muchos, muchísimos. Creo que en la vida estaba para eso, y para escribir. Hasta dejó de vender libros en Santa Rosa. Permanentemente estuvo acompañado por todos nosotros, pero fundamentalmente, por Juan Carlos Bustriazo. Recuerdo cuando los dejé charlando en la Casa de Ameguino, a las seis de la mañana, y cuando regresé al otro día a las siete de la tarde, porque Oscar Salazar me había mandado a comprar el pan para el Camaruco, y como me quedaba de paso entré, todavía seguían charlando y ginebrando. Fueron 25 horas de corrido.

 

 

Con Luis Luchi, vino a La Pampa Guillermo Cantore, que nos dejó su novela “Para Un tiempo de Fábula”. Por él nos visitó por primera vez González Tuñón -con Gustavo Pérez y Tucho Rodríguez, lo acompañamos caminando a Tuñón, (una de las veces, porque en otra ocasión lo acercó Walter Cazenave con su Citroen), llevándole la vieja valija marrón hasta la Terminal.

 

Cuando Luchi vino para las presentaciones de los libros de Juan Carlos Bustriazo, Elegías de la piedra que canta, y Aura del Estilo, lo acompañó Blas Gallo; investigador del sainete argentino. Horacio Presti, poeta que dejó aquí su primer libro. Luciano Blas, quien dio una charla y nos leyó sus cuentos en el Centro Empleado de Comercio, arriba. Luis, nos trajo el libro de uno de los grandes poetas de Boedo, Gustavo Richio. En el Camaruco -donde se concentraba la actividad, Luchi se reencontró con el Tata Cedrón, y ambos conocieron a Jorge Sarraute que después integró como contrabajista la orquesta del Tata. En fin, todo un movimiento cultural que quizás, hasta entonces, no se había dado en esa dimensión. A ese momento y a toda esta gente que vino, y otros que se sumaron con el tiempo, hay que agregarle los poetas, escritores, pintores y músicos pampeanos; estaban en un encuentro permanente, con el único apoyo económico del corazón para concretar las cosas. Luchi nos dejó su poesía, su aprendizaje con la vida, su humor, su sencillez, y fundamentalmente, su inmensa humanidad.

 

 

Una tarde, en la casa de la Calle Ameghino, le dijo a Edgar: - Yo leo un poema tuyo, y vos lees un poema mío-. Se le ocurrió con esa espontaneidad que lo caracterizaba, porque siempre jugaba con las situaciones y palabras que instalaban sonrisas -y esa fue una de las tantas-. Entonces Edgar, con ese gesto respetuoso que lo caracteriza, y en silencio, tomó un libro de Luis, buscó el poema, que por supuesto ya conocía, y leyó, La Capital de Irene -Irene era la señora de Luchi-. Y después Luchi leyó, El Itinerario de la Compañera, de Edgar dedicado a su mujer, la poeta Margarita Monges. Fue como a las cinco o seis de la tarde; algunos tomaban mates, otros vinos. Lo rodeábamos un grupo de jóvenes que organizábamos y seguíamos estos encuentros; una larga lista donde había estudiantes universitarios, profesores, gente que trabajaba, y los que tratábamos de expresarnos y que llegamos a ser lo que él tanto valorizaba, también sus amigos. Construyó aquí muchas amistades, muchísimas. Hoy, cuando los de aquel entonces escuchamos el fragmento de algún poema de Luchi, ó, si vamos a una peña, recordamos: “nada rompe más las pelotas que los músicos afinando”, inmediatamente se nos viene su figura desalineada, el fraseo personal para decir sus versos, que recitaba siempre en las noches Camaruqueras.

 

Luchi paró siempre en el mismo bar, en Buenos Aires, El Estaño, sobre la calle Corrientes. Ahí todos lo conocían. La última vez que estuve con él, fue ahí, cuando fui a devolverle sus pocos libros que habían quedado sin vender. Después me llevó a la casa. Dormí en la pieza de Luisito, su hijo. Por la mañana me despertó en piyama, y me trajo un café con leche con medias lunas a la cama. Me presentó a Luisito, su hijo, que había dormido en la cama de al lado, y que cuando llegamos, estaba dormido. Yo me sentía como atrancado, por el trato humano que ponía para atenderme. Además- creo que no lo sabía hacer de otra manera-. Me sentía sorprendido porque no creía merecerlo. Después me di cuenta que fue porque me había formado una imagen de su hogar, de acuerdo a su desalineo personal, a su anarquía con los horarios, es decir, a lo que habíamos compartido en Santa Rosa: y nunca hubiese imaginado que su hogar tenía el orden y la responsabilidad que exige una familia. Yo tendría 27, 28 años. Y él, cuarenta y dos, cuarenta y tres. Me acompañó hasta que tomé un taxi, y nunca más nos vimos.

 

En uno de mis posteriores viajes a Buenos Aires, pregunté por él en ese bar donde él era habitué, y no lo conocían; me dijeron, que nunca había estado ahí una persona con ese nombre. Los mozos eran los mismos, con dos o tres años más, pero eran los mismos. Cuando hice la pregunta, se habían mirado de una manera… Me di cuenta que lo protegían.

 

Su ausencia, entre nosotros, fue muy larga. Y se agrandaba más, porque no sabíamos dónde estaba. Hasta que un día -Nery Suárez, integrante de Jazz Santa Rosa-, se había enterado que estaba en España, que había aparecido su nombre en un diario, porque alguien le habían robado la cartera, y que cuando el ladrón se enteró que era de Luchi, se la devolvió. Reí con mucha alegría; su magia personal estaba intacta.

 

Luchi, trajo un disco grabado con poemas suyos. Me regaló sus libros que tenía editados hasta ese momento. Presté, algunos, pero nunca regresaron. Hoy tengo bronca porque no los había leído a todos.

 

Su obra comprende: El Obelisco y otros poemas/ El ocio creador/ La vida en serio/ Vida de poeta/ El muerto que habla/ Poemas corto de genio/ Ave de paso/ Los rostros/ La pasión sin mateo/ Poemas/ /Gracias Gutenberg/ Resumen del futuro/ Antología poética/ Fuera del margen/ Mishiadura en las dos ciudades/ Jardín Zoológico/ Contestarse a sí mismo en el Canto/ Poemas y pinturas/ Amores y poemas en el Parque Chas/ Intervino en los discos con música de Eduardo Rovira.

 

Los dos últimos con música de Sarraute.

 

Luis Luchi nunca tuvo más premio y reconocimiento que el de sus lectores, e innumerables amigos.

 

Desde 1976, estuvo exiliado en Barcelona, ciudad donde murió en el 2000.

 

Recordar su obra, es un homenaje que él no hubiese aceptado. A pesar de su tremenda estatura de poeta, de su solidaridad a toda prueba. Como dijo Lilián Garrido, en el prólogo del libro VIDA DE POETA, siempre fue el “centro de la nada”.

 

* Escritor, actor, dramaturgo, titiritero

 

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