Domingo 04 de diciembre 2022

Revolucionario, después artista

Redaccion Avances 02/10/2022 - 15.00.hs

Vicente Feliú partió haciendo honor a su segundo mejor de los múltiples escenarios posibles: una discreta tarima con guitarra en mano rasgueando La Bayamesa de Fornaris en La Habana.

 

Nelson Domínguez Morera *

 

El primero de los espacios lo hubiera preferido entre montañas y empuñando un fusil. Una de sus composiciones maestras que lo atestigua y expresa esos sentimientos la estrenó en el teatro principal del Ministerio del Interior en torno al 2009, en cuyo estribillo principal planteaba: “Hijos míos, vuestros hijos tendrán que matar, pues por más que hemos querido amar, nuestra especie no quiere aceptar, el amor”.

 

Tal parece que presagió su muerte el 17 de diciembre del 2021 al pedir una silla para sentarse, cosa desacostumbrada en él, pero prefirió continuar con lo que resultaría a la postre, su última despedida por un infarto masivo del miocardio que lo desplomó ante un público asombrado y conmovido.

 

Autor de “Créeme”, un tema antológico que resume como pocos el espíritu de una época, el Caballero de la Nueva Trova compuso en su prolífera carrera también música para obras de teatro y televisión, y colaboró en programas culturales como asistente de dirección y director musical.

 

Su obra se recoge en los discos “Créeme” (1978), “No sé quedarme” (1985), “Arte poética” (1990), “Aurora” (1995), “Ansias del alba” (1997, con su hermano Santiago Feliú fallecido antes que él), “Guevarianas” (1997) y “Colibrí” (2000).

 

Protesta.

 

Fue impulsor incansable de lo que llamaron la Canción Protesta, la interpretación comprometida con las causas nobles de la emancipación de los pueblos latinoamericanos, no solo en Cuba, sino en toda la región. Junto a Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Sara González, Amaury Pérez fue fundador de ese movimiento de la Nueva Trova en la isla que celebra por estos días su aniversario 50.

 

Su despedida fue casi una inmolación, siempre en combate con su inseparable instrumento musical, la guitarra, al igual que su hermano menor Santiaguito, Santy, fallecido ocho años atrás (2014) quien tanto le acompañara, pero a la zurda, y quien también vivió aventuras guerrilleras con su buen amigo el colombiano Carlos Pizarro del M-19.

 

Lo conocí en 1980 cuando acompañé al revolucionario, poeta, escritor y político nicaragüense Tomás Borge, en ese momento ministro del Interior de la naciente revolución sandinista en el poder, quien lo recogió en el aeropuerto de Managua, Nicaragua.

 

Vicente estaba recién liberado por la dictadura militar de Bolivia de entonces junto a dos compatriotas cubanos, a quienes después de torturarlos encarnizadamente, con simulacro de fusilamiento incluido, los dejó en libertad.

 

Fue gracias a Yeyé (Haydée Santamaría Cuadrado), quien desde Casa de las Américas, en La Habana, montó una grandiosa campaña de denuncia secundada por miles de intelectuales en todo el mundo reclamando sus liberaciones.

 

El incansable trovador no solo fue un ícono de la cultura nacional y latinoamericana, sino además del pensamiento revolucionario cubano, cabal e integro.

 

Lo atestigua una de sus últimas afirmaciones de la coyuntura actual en la acrecentada agresión mediática, política e ideológica contra la isla, cuando expresó: “Debieran saber los provocadores que llega un momento en que los provocados se cansan. En ese instante, la cordura no es precisamente la virtud más probable, y un revolucionario provocado puede ser muy peligroso. Ténganlo en cuenta aquellos que se dedican a provocar”.

 

“Trobatientes”.

 

Fue Vicente Feliú Miranda –el Tinto, para familiares y amigos cercanos– un ejemplo de intelectual comprometido no solo en prédicas, sino en acciones: dos misiones militares en Angola durante los años 1976 y 1978, otra en Etiopia y más de tres en Nicaragua a partir de 1980 así lo corroboran.

 

En todas ellas inicialmente participaba como parte en programas culturales, más de 600 durante la guerra en Angola, agenciándosela después para integrarse en cercos y/o combates, transmutándose en “trobatientes”, como los denominara metafóricamente su hermano Rony.

 

Me encontraba de asesor en la formación de los cuerpos de Seguridad del Estado en Nicaragua, y allí fui testigo de sus incursiones junto a su inseparable Silvio Rodríguez en las tierras de Sandino hasta las fronteras hondureñas, alternando evocaciones de cantares con persecuciones a los contras alzados, subsidiados por Washington, muy a pesar de reprimendas y hasta limitaciones que le imponíamos en ese sentido.

 

El Tinto, sobrenombre que emanó del personaje Tintín en unas historietas que circularon en Cuba en la década de 1950, fue un verdadero conspirador. Conocía y aplicaba las tácticas de la clandestinidad revolucionaria, aprendizajes que puso de manifiesto en innumerables ocasiones, donde reclamaba tales misiones que no le correspondían.

 

No fue un simple romántico aventurero o abstracto de la trayectoria Guevariana, como solía denominar los pasajes del inolvidable Guerrillero Heroico a quien dedicó más de una quincena de composiciones en su vasta carrera musical de cerca de 300 canciones, sino un consecuente rebelde revolucionario por cuyas venas transitaban los genes de sus antepasados.

 

Así siempre aconteció desde que su abuelo, el juez de Matanzas Santiago Feliú Silvestre, le entregara el 6 de mayo de 1935 al venezolano Carlos Aponte su revólver, con el que cayera inmolado en el Morrillo, un día antes de su partida hacia México junto a Antonio Guiteras a organizar verdaderas revoluciones y regresar para aplicarlas, y su tía Esther Feliú, quien arriesgó entonces su vida en las calles para apoyar a los sobrevivientes de aquel combate desigual.

 

Un día de 2009, algo celebrábamos en el cuarto que usaba de estudio en su penúltima casa, en la barriada habanera de Alamar, y entre tragos de ron salió la conversación con disquisiciones después del golpe artero contra Manuel Zelaya en Honduras.

 

Enfatizaba en que habría que retornar a la lucha armada como garantía de asonada infalible para transformaciones revolucionarias; no dijo más, tomó la guitarra y expuso más que una canción, una convocatoria de guerra insurgente.

 

Me conmovió: otra vez demostraba que era un verdadero luchador que aupaba todas las causas nobles, desde el regreso de los 5 Héroes, hasta la inmensa Ana Belén Montes (encarcelada en Estados Unidos bajo cargos de espiar para Cuba), pasando por emancipar a Puerto Rico.

 

En un homenaje póstumo en Buenos Aires, la trovadora argentina Paula Ferré lo calificó de hombre maravilloso y dijo que fue como su padre y hermano para los artistas comprometidos de su país.

 

“Vicente pasó por toda Latinoamérica con la canción necesaria, creando trovadores”, afirmó Ferré ante el público reunido en el espacioso salón para actividades culturales montado en ocasión de la Feria del Libro de Buenos Aires el pasado abril, evento en el cual Cuba fue el país invitado.

 

“Dejó un hueco enorme con su partida, pero su obra y legado están aquí. Fue el padrino del Movimiento Mujer Trova (que ella dirige) que reúne a más de 70 creadoras de toda América Latina. Por eso no podíamos dejar de hablar de este gran artista, de este gran hermano”, concluyó la trovadora.

 

* Colaborador de Prensa Latina

 

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