El gigante amarillo que en sus paredes guarda historias de otra época
Aunque aparezca escondido atrás de una ligustrina verde, entre árboles y palmeras, se encuentra el viejo Hotel Balneario Victoria, más conocido como el mítico Hotel Quequén. De paredes amarillas y ventanas pequeñas y alargadas, pasa desapercibido este hotel que parece un palacio de fines de 1890. Se encuentra ubicado a pocos metros de la Avenida Almirante Brown y la calle 520, donde se emplaza el Monumento Gesta de Malvinas. Hace 100 cien años el Hotel Balneario Victoria era uno de los lugares que más veraneantes recibía, era la época de la Belle Époque y lo disfrutaban solo un puñado de familias, sobre todo de la élite porteña, dueñas de las tierras más prósperas de la provincia de Buenos Aires.
En ese momento, el ferrocarril ya llegaba a Mar del Plata y su desembarco en la zona propició a las familias dueñas de las tierras cerca de la costa de Quequén a mostrarse interesadas en montar un negocio inmobiliario importante. A estas familias también se les ofreciera un espacio de hospedaje para el verano. La tranquilidad y el atractivo del lugar ya generaban un encanto especial.
Según indicaron en la Agencia DIB, en 1895 se inauguró oficialmente el Hotel Balneario Victoria, que en verdad ya funcionaba desde 1892. Algunas familias, con los Guerrico y los Carballido a la cabeza, de gran influencia económica en la región, comenzaron a construir majestuosas e imponentes casas alrededor del hotel y sobre la costa del río.
Una publicación que se realizó en la conmemoración de los 100 años del hotel funciona como fuente que habla de un pasado próspero en el que hoy solo se encuentran ruinas. Quequén no prosperó como el balneario lujoso y exclusivo que esperaba, pero llegó a serlo brevemente.
Esta etapa de prosperidad, duró hasta mediados de 1920. Este hecho no es casual ya que en ese período se vivió la Primer Guerra Mundial lo que reconfiguró las relaciones internacionales y modificó las condiciones de intercambio comercial entre los países.
Además del contexto internacional, apareció la puja entre Mar del Plata y Necochea, lo que generó que el encanto de Quequén fuera solo temporal y muchos de sus pobladores se exiliaron para encontrar mejores condiciones de vida y más posibilidades de progreso. Pero la historia deja marcas, huellas, secretos y construye memoria.
Lujo y exclusividad
Los primeros dueños del Hotel Balneario Victoria fueron Juan Larraburu y Joaquín Arano y, durante muchos años, estuvo administrado por José Cano. Según los afiches que guarda el Museo y el Archivo Histórico Regional de Necochea, el hotel tenía capacidad para unas 300 personas. Era un lugar en el que se alojaban familias que viajaban con su personal de servicio.
El Hotel ofrecía comodidades exclusivas para la época: baños calientes con agua de mar, sala de masajes, un salón de té y otro de baile donde se realizaban grandes fiestas de carnaval. Poseía una lechería propia, en la que se elaboraban quesos y productos lácteos de primera calidad. Incluso ofrecía servicios especiales para no perder conectividad con Buenos Aires como estafeta de correo propia, un telégrafo de la provincia y destacamento policial.
También se encontraron objetos sofisticados: copas de cristal, cubiertos y ornamentos de plata, muebles de roble y veladores de opalina, todo eso es parte del inventario del mítico Hotel Balneario. También ponían a disposición de los huéspedes coches y caballos para hacer paseos campestres por la zona. Tenía salida directa a la playa y, en el subsuelo, el hotel tenía un secreto especial: una ruleta para los aficionados al juego de azar.
Más allá de las dificultades, el hotel siguió funcionando, pero nunca con el esplendor y el lujo de las primeras décadas del siglo XX. Estuvo cerrado entre 1980 y 1982 y en 1983 se reinauguró con una gran fiesta. En la actualidad, el edificio tiene departamentos en los que veranean familias vinculadas a la gestión de la Sociedad Anónima Edificio Quequén que lo administra.
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