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Martes 10 de febrero 2026

Ante la epidemia de analfabetismo político

Redacción 10/02/2026 - 00.14.hs

Así como el analfabeto no sabe leer un texto, el analfabeto político no sabe, o no le interesa, leer la política. No logra vincular la esfera de lo público con la de lo privado

 

SERGIO SANTESTEBAN

 

“El peor analfabeto / es el analfabeto político. (...) No sabe que el costo de la vida, / el precio del pan, del pescado, de la harina, / del alquiler, de los zapatos o las medicinas / dependen de las decisiones políticas. / El analfabeto político (...) se enorgullece / e hincha el pecho diciendo / que odia la política. / No sabe (...) que, / de su ignorancia política / nace la prostituta, / el menor abandonado, / y el peor de todos los bandidos / que es el político trapacero, / granuja, corrupto y servil / de las empresas nacionales / y multinacionales”.

 

Este fragmento del poema “El analfabeto político” del escritor alemán Bertolt Brecht (1898-1956) tiene una actualidad que estremece a pesar de que fue escrito en pleno ascenso del nazismo. Casi un siglo después, en Argentina, no hay día en que no tengamos expresiones que revelan una suerte de epidemia de analfabetismo político. Con un agravante, en la Alemania de Brecht los únicos medios de comunicación eran los periódicos y la radio, por lo tanto el analfabeto político promedio no tenía la posibilidad de divulgar sus mensajes con la facilidad que hoy permiten las redes sociales. Alcanza con una breve incursión por la galaxia digital, en nuestros días, para vivir una experiencia agotadora, al menos para quienes nos interesa la política y hacemos un esfuerzo por tratar de comprenderla. Todos los días, millones de mensajes circulan por la web emitidos por personas que se dejan llevar por sus emociones más básicas y parecen negarse a utilizar sus capacidades intelectuales a la hora de analizar la realidad social y política en la que desenvuelven sus vidas.

 

Así como el analfabeto no sabe leer un texto, el analfabeto político no sabe, o no le interesa, leer la política. No logra vincular la esfera de lo público con la esfera de lo privado. Hay canales de streaming que muestran con toda crudeza esta lacerante realidad al entrevistar a infinidad de personas que exponen niveles alarmantes de desconocimiento. Así, es muy frecuente encontrarse con declaraciones de víctimas del feroz ajuste que está aplicando el gobierno de Javier Milei que no logran conectar tales decisiones políticas con los padecimientos personales que atraviesan.

 

En nuestra provincia también se refleja este fenómeno. No pocos dirigentes políticos y gremiales consultados expresamente sobre la situación de incertidumbre que afecta a aquellos trabajadores amenazados con despidos –o ya despedidos— por causa de las dificultades que vienen atravesando las empresas pampeanas, refieren que, por lo general, prevalece una mirada de distanciamiento sobre el problema en general hasta que se ven involucrados en lo particular.

 

Por oposición, un alfabetizado político no es un experto en leyes ni en el funcionamiento del Estado, pero sí es consciente de que los individuos somos parte de una comunidad y que el bienestar (o el padecimiento) de cada uno está estrechamente vinculado al del conjunto social y a decisiones que se adoptan en la esfera política. En otras palabras, bien podría decirse que lo opuesto de analfabetismo político es conciencia de clase, un bien abundante en otros tiempos en nuestro país pero que por estos días se manifiesta escaso.

 

Los estímulos.

 

Para los que estudian los procesos sociales el crecimiento del analfabetismo político es un problema complejo que obedece a una combinación de varios factores. Entre ellos:

 

*La política como entretenimiento. Hoy en día, la política se consume básicamente a través de los medios de comunicación y de las plataformas digitales diseñadas para el entretenimiento. Ello hace que se destaque el “personaje” por sobre el programa. Si un político es gracioso o “vence” a un rival en un video corto, gana apoyo, independientemente de sus propuestas. Como efecto, mucha gente deja de analizar la política como tal y de ciudadano pasa a convertirse en espectador de un reality show.

 

*Crisis de representatividad. Se ha instalado una desconexión entre las promesas de campaña y la realidad de la vida cotidiana. También ha ganado la convicción en muchos ciudadanos de que, vote a quien vote, su situación no cambiará demasiado. Este desencanto produce apatía y gran ausentismo electoral. Muchos se retiran de la discusión política por frustración, creyendo que su indiferencia no tendrá consecuencias.

 

*Los algoritmos de las redes sociales. Fabrican “burbujas” que encierran al individuo a través de un filtro o sesgo de confirmación que limita lo que puede ver. Al bloquearse el acceso a ideas opuestas, se pierde la capacidad de comprender a la sociedad y se genera una visión binaria del mundo, lo que impide entender la política en toda su complejidad.

 

*El individualismo. El modelo de vida que se fomenta hace que nos enfoquemos solo en nuestras necesidades inmediatas y privadas. La falta de espacios de debate real (partidos políticos, clubes de barrio, centros culturales, sindicatos...) hace que la política se viva de forma aislada y digital. Como efecto se pasa a ignorar que el bienestar individual depende de decisiones colectivas.

 

*El debilitamiento de partidos políticos y sindicatos. Históricamente, estas instituciones no eran solo organizaciones para votar o protestar; tenían centros de formación que funcionaban como escuelas de dirigentes y de compromiso cívico. Hoy, al desaparecer prácticamente estas estructuras desaparecen los lugares en donde se “aprendía” sobre política y a pensar en forma colectiva.

 

*La política como “gestión” y no como “ideología”. Al vaciarse los partidos, la política pasó a verse como una simple administración de cosas, como manejar una empresa, con lo cual se pasó a creer que la política es “gestionar bien”, olvidando que la política es, ante todo, elegir prioridades.

 

*El marketing político. El marketing político moderno no solo busca “vender” a un candidato, sino que, en el proceso, suele erosionar la capacidad del ciudadano para comprender la política real. Se pasa de la propuesta al eslogan, se trata a los problemas complejos como si fueran productos de consumo. También la propaganda moderna conduce al triunfo de lo emocional sobre lo racional, provocando así la anulación del juicio crítico. La “espectacularización” de la política es una consecuencia directa del marketing que la reduce a mero entretenimiento. El político aparece como una estrella: importa más su carisma o sus peleas en redes sociales que su plataforma de gobierno.

 

Todo ello conduce a un desgaste cognitivo: al saturar al individuo con ruido mediático y polémicas artificiales, se genera una fatiga que empuja a muchas personas a desconectarse o a seguir a líderes de manera dogmática, sin cuestionamientos.

 

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