Sabado 04 de febrero 2023

Todo por un color

Redacción 04/12/2022 - 10.32.hs

El viernes pasado, y contra todo lo que su nombre podría indicar, el seleccionado de Ghana no ganó su partido y se despidió del Mundial de Catar sin haber catado las mieles del éxito. Salvo, claro está, las de haber ganado un único partido contra los coreanos que al final terminaron avanzando a la siguiente ronda, seguramente por ser más orientales que los uruguayos. Que, por cierto, también se volvieron a casa, y quedaron con un sabor a mate amargo en la boca. Pero esta columna no está ubicada en la sección deportiva ni su autor está especialmente capacitado para esas faenas: aquí se trata de algo un poco más abstracto, aunque provoque pasiones, guerras y tarjetas rojas: la camiseta.

 

Pierde.

 

Si tomamos en serio los reportes que llegan desde aquellos tórridos rincones de la Península Arábiga, Ghana estuvo a punto de quedarse sin Mundial antes de comenzar a jugar. ¿El motivo? Aparentemente el utilero se habría olvidado las camisetas del equipo, detalle éste que sólo se descubrió cuando todos estaban ya acomodados en el hotel, chequeando el contenido del frigobar.

 

Cómo es que el utilero, cuya única función en el equipo es cargar con las camisetas y demás enseres, pudo haber defeccionado en una faena que debería estar incrustada en el ADN, es un misterio. Más misterio aún es cómo puede ser que existan antecedentes de este tipo de situaciones: aparentemente les habría pasado algo similar en las Olimpiadas de Atenas, 2004. Y viendo el tamaño de estos muchachos, hay que calcular que el bulto de sus indumentarias no sería fácil de pasar por alto en el aeropuerto.

 

Finalmente el problema fue resuelto por la propia fábrica encargada de confeccionar las camisetas (una empresa alemana pero sin tiritas) y la cosa no pasó a mayores. De lo contrario no se sabe cómo hubieran resuelto esa falta, en particular, con todo el esponsoreo y la señalética que rodea a estos productos comerciales.

 

Lejos están los tiempos románticos como los de 1986, cuando según la leyenda, los muchachos de la selección argentina debieron recurrir a camisetas compradas en las callejuelas de México, y coser los números a mano, para poder afrontar alguno de los compromisos de aquella exitosa gesta deportiva.

 

Ofensa.

 

También la camiseta ha sido objeto de otros entuertos mundialistas, como el caso del jugador de Camerún quien, tras anotar el gol que le daría el triunfo a su equipo ante Brasil -para sorpresa de todos, y pánico de los apostadores- procedió a quitarse la remera a modo de festejo, dejándola tirada en el pasto. El chiste le valió una tarjeta roja, pero él se dio el gusto de mostrar sus pectorales de ébano. Total, que ya se iba de vuelta a casa de todos modos.

 

Esa acción se sanciona en el reglamento, no se sabe si por el nudismo o por la falta de respeto a los trapos del equipo. Después de todo, a los fans que quieren lucir esas remeras en la tribuna, la fiesta les cuesta -según el equipo- entre 90 y 150 dólares. En cambio, los trabajadores de Myanmar que trabajan en la fabricación de camisetas y botines, les pagan unos 4.800 kyats diarios, que equivalen a 2,27 dólares.

 

Cuando en octubre pasado hicieron una huelga, demandando un incremento de sus salarios hasta llevarlos a unos también magros 3.78 dólares diarios, recibieron una respuesta contundente: el ejército intervino en la fábrica, y veintiséis trabajadores fueron despedidos, cuidadosamente seleccionados entre los activistas y revoltosos.

 

Jengibre.

 

Otro ofendido, al menos por Twitter, fue un boxeador mexicano conocido como "Canelo" Álvarez, que aparentemente ha alcanzado el éxito repartiendo trompadas, y que agitó el sentimiento antiargentino de sus compatriotas ante una imagen de Lionel Messi con una camiseta de México a sus pies, en el vestuario, tras el partido entre ambas selecciones.

 

De inmediato salieron a contestarle otros argentinos, y hasta un famoso futbolista sueco, advirtiéndole que no se metiera con Leo o que se atuviera a las consecuencias. Está claro que, como arena de combate, las redes sociales se prestan para todo. Habría que ver cuántos se subirían al ring con el fornido azteca.

 

Lindo apodo, "Canelo". Aparentemente en México le dicen así a todos los pelirrojos. En EEUU, en tanto, los llaman "Rusty"(oxidado) o "Ginger"(jengibre). Nosotros, tan creativos que nos creemos, no hemos inventado apodo mejor que el de "Colorado", como le dicen a un pampeano que se hizo un lugar en el equipo titular de la selección.

 

No son tan importantes los colores de la camiseta, y, por cierto, no es buena idea confundirlos con los colores de la bandera nacional (de hecho hay varios equipos nacionales cuya camiseta no se parece en nada a la enseña nacional). Se supone que el deporte está para sublimar esas pasiones, no para exacerbarlas.

 

Y sin embargo, como cantaba Spinetta en "La bengala perdida", la gente muere "por un color, sólo por un color". A veces aplastados contra una puerta que no abre. A veces infartados frente al televisor. A veces, con un fuego artificial incrustado en la garganta, "allí donde se dice gol".

 

No es por ponernos budistas, pero la verdad, no vale la pena.

 

PETRONIO

 

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