Sabado 02 de julio 2022

Valores postergados

Redacción 22/06/2022 - 08.58.hs

Casi todas las culturas hacen hincapié en una historia, en una saga, en un relato tradicional que les es propio y esboza ambientes y personajes, generalmente lejanos en el tiempo. A menudo suelen ser considerados algo así como símbolos propios del país y/o de su cultura. Es lo que ocurre en la Argentina con el gaucho Martín Fierro, un libro tenido por poema nacional y de cuya aparición se cumplen 150 años, por cierto que sin demasiadas alharacas. Su autor fue el escritor y político José Hernández y la obra ha sido analizada muchas veces y desde distintas formas, lo que evidencia su reconocida importancia en la literatura argentina.

 

El libro que por distintas causas gozó de inmensa popularidad hasta hace poco más de medio siglo, ofrece múltiples interpretaciones, desde la del hombre rural enfrentado a un progreso impiadoso hasta la del solitario y perseguido que "como la ave solitaria con el cantar se consuela". Entre esas dos, por cierto que tomadas entre varias otras, se describe un ambiente conservador y corrupto por parte de las autoridades de entonces, tan corrupto que obliga a Fierro y a su amigo Cruz a emigrar hacia los indios, que no resultaron tan bárbaros como se creía y les ofrecen una hospitalidad abierta.

 

Bien podría decirse que esa primera parte del gaucho Martín Fierro, refleja algún aspecto de la presidencia sarmientina, durante la cual se editó. Es sabido que Sarmiento -otro gran escritor nacional- manejaba una tajante opción entre "civilización o barbarie", categoría esta última en la que encuadraba al gaucho. En el relato, se diría que impecable desde el punto de vista formal, se trasluce la condición federalista y caudillesca de Hernández que, para más, lo escribió estando exiliado en Santa Ana, en Brasil.

 

En 1879 aparece la segunda parte de esta saga gauchesca, y también universalista, donde decae la rebeldía del personaje y reaparecen personajes perdidos en su desgracia. Los tiempos políticos del país habían cambiado y gobernaba Avellaneda, bajo cuya ala había vuelto Hernández al ruedo político. El poema refleja esa circunstancia hacia el final con una estrofa que parece -en el decir de Luis Franco- un consejo parroquial: "Obedezca el que obedece y será bueno el que manda".

 

En medio de las dos partes consignadas, una serie de relatos, máximas y dichos populares, volcados con frescura y con las que, sin duda alguna, se sintieron identificados los últimos gachos, ya en su decadencia como clase social, en medio del pujante positivismo de la Generación del Ochenta. Muy curiosamente el libro y su expresión echaron raíz en la inmigración masiva que empezaba a poblar el país, y que también aparece reflejada en el texto.

 

Después, ya en los años treinta y subsiguientes del siglo pasado, comienzan a aparecer los análisis "serios" del libro, cuya esencia ya trascendía lo anecdótico y pasa a ser el "poema nacional", como se trasmitiría a las generaciones posteriores. De allí que para aquellos que lo recibieron como tal haya sido poco agradable ver la opacidad y el relativo olvido en que fue cayendo el libro, a tal punto que habría perdido la condición de lectura obligatoria que tuvo en algún tiempo. Acaso la educación argentina no comprendió cabalmente que la de Fierro es, en definitiva, una historia profundamente humana tocada, claro, de la capacidad de un autor y político. Reducirlo, como se ha pretendido, a la categoría anecdótica por su marco gauchesco sería algo así como objetar a "La Ilíada" por su entorno mítico y de Grecia antigua. Y cosa curiosa: los dos poemas comienzan sus primeros versos con similares invitaciones al canto como expresión de sentires.

 

En estos tiempos, cuando la colonización cultural posterga muchos de los que la historia ha considerado valores representativos de la Nación Argentina, no estaría demás rescatar el Martín Fierro de su rincón de relativo olvido. Y hasta proyectar su argumento que bien lo toleraría, a una comparación con este presente convulso del país.

 

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