Miércoles 29 de mayo 2024

Encuentro

Redaccion Avances 18/02/2024 - 09.00.hs

Para Hugo Chumbita. “Sé que una vez se encontraron en casa de una polaca, Fue en el barrio de Barracas y a la hora de la siesta que hablaron de Malatesta, de Bakunin, del Lampiao…”. (Humberto Costantini: Milonga de aquella yunta)

 

 

Walter Cazenave *

 

 

La cadencia del tango atravesó el humo del cafetín y llegó hasta el hombre que observaba, sentado en un reservado. Sonaba desde un palco alto donde se afanaban un bandoneón, una guitarra y un violín. A sus pies trajinaban unas camareras de pollera corta y gesto entre provocativo y hastiado.

 

La música le llegó al sentimiento y en seguida supo por qué. La Dora. Era el mismo ambiente de cuando bajaba al pueblo para bailar y acostarse con ella. Tal vez -pensó- era el mismo tango.

 

Clavó la mirada en el oscuro vaso de vino y por un instante fluyeron los recuerdos, los buenos y los malos que le trajeron un rubor de rabia. Bien muerto estaba, se dijo empinando un trago, y la Dora a estas alturas quizás andaría de madama en algún quilombo del sur o a lo mejor había enganchado algún gil que la sacó de esa vida, porque era bonita.

 

Lo sobresaltó una sombra que se hizo silueta en la puerta; con la mano cerca del Colt corto renegó por haberse distraído en pensamientos ajenos, pero ya una voz sosegada decía con amabilidad: -¿Don Juan? Aquí está la persona que venía a verlo...

 

 

El hombre se aflojó mientras veía avanzar alguien por detrás del que había hablado. El otro hizo las presentaciones: -Aquí el amigo don Juan… y este es don Segundo, que llegó esta mañana.

 

 

Se puso de pie y tendió la mano, que se estrechó franca. El recién llegado tenía un tipo de hombre común, era más bien bajo de estatura y estaba vestido de ciudad pero con ropas habituales. Cuando se quitó el sombrero, por sobre la cara redondeada apareció el comienzo de la cicatriz que le marcaba la cabeza y que disimulaba peinándose hacia un costado. Igual que el otro tenía el rostro curtido por la intemperie.

 

Cuando se sentaron el que había hecho la presentación volvió a tomar la palabra: -Los dejo que conversen tranquilos. ¿Les hago traer algo para tomar?

 

-Estoy servido- dijo Juan señalando el vaso que tenía delante.

 

 

-Un vermut con bitter, por favor- dijo el otro con una voz amable y agradecida.

 

 

Cuando quedaron solos cambiaron una mirada acompañada de una sonrisa apenas perceptible y se ofrecieron cigarrillos. Juan armó uno con tabaco negro, el otro sacó un paquete de 43. Una mujer medio marchita trajo la bebida y se alejó cerrando la puerta.

 

Ambos levantaron las copas en un mudo gesto de bienvenida. Después el recién llegado abrió el diálogo: -¿Viaje largo don Juan?

 

-Bastante, sí. La verdad tengo el culo planchado de los asientos de pinotea.

 

-¿Todo el viaje en segunda?

 

-Todo. Para mí es más seguro en medio de esos vagones llenos de esa pobre gente que viene a la ciudad.

 

-¿Y la estación?

 

-Sin problemas. Un amigo sacó el pasaje y subí en un pueblito chico, y no del lado del andén. En esos lugares los milicos hacen una pasada de compromiso, y hasta le diría que muchos de ellos, si lo conocen, miran para otro lado.

 

 

El otro asintió sonriendo.

 

 

-Sí, seguramente. Pero mire lo que son las cosas, yo aposté a la otra punta y me vine en camarote y con comedor, porque en ese ambiente los milicos y los gendarmes generalmente no desconfían. También el mío fue un viaje largo, pero acá estamos.

 

Y tras una pausa:

 

-Yo hace tiempo que sabía de usted...

 

-Lo mismo digo.

 

-Siempre quise conocerlo, así que cuando el amigo se ofreció a hacer el puente no lo pensé dos veces y me vine. Unas vacaciones como quien dice.

 

-Le agradezco. También a mí me vino bien el viaje porque últimamente me tenían apurado de tres lados. El río ya no podía cruzarlo y en la Provincia ni pensar.

 

-Para nosotros son tiempos duros, y más con estos hijos de puta explotadores, que les sacan lonjas de piel a la gente pero no le aflojan un peso. A ellos los golpeo con ganas. En el fondo tengo la esperanza de que los tiempos cambien y esta explotación termine. Carajo, qué injusto es el mundo, por más que parezca que hay otro amanecer.

 

-Usted me recuerda al carpintero...

 

-¿Un amigo?

 

-Digamos que sí, y un poco un maestro por lo que me enseñaba. Era un viejito italiano, medio soñador, que siempre hablaba de la revolución y los tiempos nuevos. Al final cayó con la cana.

 

 

Por un momento cada cual evaluó sus recuerdos.

 

 

-Sáqueme de una duda, ¿cómo hace para guardarse en ese descampado abierto, sin plantas ni nada, según se veía desde el tren?

 

-No se engañe, del ferrocarril al oeste empiezan los montes y después hay fachinal casi hasta la cordillera. Entre tantas huellas siempre tengo gente amiga, a la que ayudo cuando puedo.

 

-No somos muy distintos. Si viniera para allá no va a extrañar el monte, pero hay unas cuantas cosas que me parece podríamos hacer juntos.

 

 

Hablaban en voz tan baja que un solo de violín que surgió de los músicos en ese momento, pareció que retumbaba en el reservado, hasta que lo rescataron hacia afuera el quejido del fuelle y el apoyo de la guitarra.

 

Hubo un discreto golpecito y la puerta se abrió enmarcando al hombre que había hecho las presentaciones.

 

 

-Quería saber si se les ofrece algo más y hacerles una invitación.

 

 

Lo miraron en forma interrogativa mientras se ponían de pie lentamente.

 

 

-Esta noche tenemos una fiesta de amigos en un corralón y pensé que tal vez quieran ir. Ruggerito dijo que sería un honor...

 

 

Los dos hombres se envararon perceptiblemente y el rostro se les endureció. Su voz, casi unísona, tuvo un claro dejo amenazante.

 

-Y quién le dijo que...

 

 

El otro arrió velas, disculpándose.

 

 

-Es el patrón de todo y hay que tenerlo informado. No pude hacer a menos, y no habérselo dicho hubiera sido peor... Pero lo sabemos él y yo nomás.

 

 

Don Segundo se aflojó suavemente y dijo:

 

-Está bien, pero que sigan siendo dos, que ya son muchos...

 

 

Ambos salieron del reservado mientras el otro se quedaba atrás. Cruzaron el salón a paso lento entre la indiferencia de los parroquianos y las camareras. El terceto de músicos ya no estaba y lo había reemplazado una mujer de edad indefinida que ponía discos en una victrola. El cantinero repasaba el estaño.

 

 

-Si no lo toma a mal salgo yo primero -dijo don Segundo después de darle la mano.

 

 

El otro asintió y esbozó una sonrisa cuando lo vio pararse en el vano de la puerta; mientras se calaba el sombrero, miró hacia ambos lados y se acomodó disimuladamente el sobaco. “El también”, pensó.

 

Dejó pasar un tiempo prudente y enfiló la salida. Había caído la tardecita, casi noche ya. Vio que Segundo se alejaba para el lado del Riachuelo y tomó la dirección opuesta. En la esquina un pibe voceaba la Crítica Quinta con unas noticias de la guerra en España. Entre ruido de metales un tranvía venía desparramando estrellitas azules por el trole y las ruedas.

 

 

* Colaborador

 

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