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Domingo 17 de mayo 2026

Las calles de Springsteen

Por Redacción 17/05/2026 - 12.00.hs

En la obra de Bruce Springsteen, las calles no son fondo sino escenas. De Filadelfia a Mineápolis, sus canciones inscriben la experiencia estadounidense en cuerpos atravesados por la enfermedad y la violencia política. Hoy, el cantante recorre los escenarios de su país con la gira Tierra de sueños y esperanza.

 

Nadia Valentina Keil * y Enrique Alejandro Basabe **

 

Hay artistas que cuentan historias y otros que te hacen bucear en ellas. Bruce Springsteen pertenece a estos últimos: es, como apunta Adam Bradley en The Poetry of Pop, un maestro de la canción narrativa, capaz de anclar la experiencia humana en lugares, trabajos, cuerpos y voces precisos. Esto otorga dignidad y peso narrativo a las vidas ordinarias: los estadounidenses comunes dejan de ser telón de fondo y se vuelven protagonistas de lo cotidiano. Esa mirada toma forma en sus canciones: no solo se escuchan, te ubican en calles concretas: de Filadelfia a Mineápolis.

 

Calles de Filadelfia.

 

Es una balada sobria de soft rock, escrita e interpretada por Springsteen para Filadelfia (1993), protagonizada por Tom Hanks, una de las primeras películas en abordar el VIH/SIDA en el cine comercial. Springsteen capta su tono emocional y su voz se escucha íntima, casi susurrada, lo que genera una atmósfera de introspección y aislamiento.

 

El yo lírico se dirige a un “hermano” y le pregunta si lo dejará consumirse en las calles de Filadelfia, introduciendo así un matiz espiritual que acentúa la súplica y la sensación de vulnerabilidad.

 

Adquieren centralidad el cuerpo y la descripción de su deterioro: “lacerado y maltrecho”, “irreconocible para sí mismo”. La figura se desfamiliariza hasta devenir un rostro ajeno, unas piernas que pesan como piedras, y una sangre negra y sibilante que, al correr por las venas, hasta se oye en la noche. “La ropa ya me queda grande; caminé mil millas solo para despojarme de esta piel” cierra la segunda estrofa de la canción.

 

En el video oficial, un plano aéreo de Filadelfia da paso a Springsteen caminando por barrios populares en pleno invierno, mientras varias personas de distintas etnias y clases van a trabajar o se saludan al pasar. A mitad del video, mira a cámara y las imágenes se entrelazan con las de Hanks como Andrew Beckett, prolongando visualmente esa experiencia de extrañamiento y desgaste corporal.

 

La canción recibió un amplio reconocimiento de la crítica y ganó cuatro Premios Grammy y el Premio de la Academia a la Mejor Canción Original de 1994.

 

Calles de Mineápolis.

 

Más de treinta inviernos después, en enero de este año, la voz y la guitarra de Springsteen nos llevan a Mineápolis, una ciudad marcada por el accionar del ICE, donde la violencia institucional y la persecución migratoria atraviesan las historias que la canción pone en escena. Los Estados Unidos de Donald Trump ya no parecen el país asociado a la prosperidad y la inclusión de los 90, con el demócrata Bill Clinton en la Casa Blanca.

 

Esta vez, la canción recupera un tono de denuncia y se escribe desde la urgencia de los acontecimientos. Se dirige a un “amigo” que, “si su piel es negra o marrón, puede ser interrogado o deportado a simple vista”.

 

Mineápolis aparece como una ciudad en guerra: “contra el humo y las balas de goma, en la primera luz del amanecer la gente se levanta por la justicia y sus voces resuenan en la noche”. Donald Trump ordena el despliegue de fuerzas federales para hacer cumplir la ley, pero lo que sigue es el horror. Alex Pretti y Renée Good, blancos y de clase trabajadora, yacen en la nieve. El yo lírico advierte: “no creas lo que ves: es nuestra sangre y son nuestros huesos, y estos silbatos y celulares recordarán los nombres de los muertos en las calles de Mineápolis”.

 

Springsteen vuelve a poner en el centro los cuerpos de sus conciudadanos, ya no diezmados por la enfermedad sino por la violencia estatal. Esta vez, el daño lleva la marca de un liderazgo de tintes mesiánicos, surgido del voto popular, que ha torcido la nación que se pensó en Filadelfia como faro de amor fraternal hacia un presente de persecución y crueldad.

 

Como señala Dave Marsh en Born to Run: The Bruce Springsteen Story, el músico ha sabido dar voz a quienes rara vez ocupan el centro de la narrativa nacional. Sus canciones convierten las calles en escenarios donde las vidas se escriben de abajo. Y quizás allí resida el alcance más perdurable de su música: recordar que, mientras haya alguien dispuesto a caminar y cantar contra el miedo y la opresión, las calles nunca dejarán de hablar.

 

* Licenciada en Lengua y Literatura Inglesa

 

** Profesor en Inglés, Doctor en Educación

 

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