Pensar y sentir hacia la tierra y su gente
En este artículo, la autora hace un recorrido por la obra del escritor pampeano Ariel “Alpataco” Vazquez. Reconocido por su compromiso con la gente del Oeste, y siendo él nacido y criado en esa zona, lleva consigo en cada palabra el paisaje de esas áridas tierras.
María Rosa Barabaschi *
El crítico literario Rafael Felipe Oteriño, manifiesta que todo escritor es provinciano a la hora de escribir. Sostiene que: “Fruto de su mundo cultural y de su experiencia vital, cada uno porta, a su manera, una tipicidad propia (…) Ciertos mitos locales, ciertas magias contagiadas por la tradición, un contacto más estrecho con el paisaje nativo, (…) crean una geografía mental que opera como la otra naturaleza donde la literatura encuentra su voz propia”. (Oteriño, R. F. 2020:126)
Nada más acertado que estas palabras para comprender la obra de Ariel Hugo “Alpataco” Vazquez, escritor pampeano.
“Alpataco” nació en La Humada, una localidad situada al límite de La Pampa con la provincia de Mendoza, distante a 396 kilómetros de la capital provincial, Santa Rosa.
Aun hoy, para llegar a La Humada, a pesar del asfaltado de rutas, se deben transitar 80 km por un camino de tierra con greda, tramo difícil de sortear.
“Alpataco” -tal es su sobrenombre- se crió en el oeste profundo (así denominan a este espacio él y su compañera Ana María Zorzi, fotógrafa, con quien realizan un trabajo artístico mancomunado, difundiendo la vida oesteña y el reclamo por el regreso del río Atuel).
En La Humada, por las condiciones edáficas y climáticas, prevalece una vegetación achaparrada, siendo dominante la jarilla y el alpataco (arbusto del cual proviene el sobrenombre de Ariel).
La casa de su infancia fue construida con esos materiales: jarilla y barro. Allí creció con muchas carencias y necesidades, pero con los valores inculcados por progenitores.
Concurrió a la escuela hogar de La Humada, (distante unos 50 km del puesto de sus padres, a los que veía muy poco durante el año) y realizó el secundario en las localidades de Telén y Santa Isabel.
Retomando el pensamiento de Oteriño, éste sostiene que el verso nace de lo visto, vivido, intuido o recordado por medio de una imagen que ilumina el espíritu y busca expresarse en las palabras.
Es indudable que tanto el paisaje agreste como el modo de vida que le tocó transitar en una etapa de su ciclo vital, dejaron una marca en Ariel Vazquez, que este recrea por medio de la palabra. Lo hace a través de la poesía, donde la voz poética desdibuja al autor y dialoga con el lector, en una lengua propia, con una impronta regional, no colonizada por la globalización como sostiene Oteriño.
Intencionalidad.
Amado Alonso (1969) dice que la poética de una poesía consiste en un modo coherente de sentimientos y un modo valioso de intuición. Pero que ese sentimiento en el caso del poeta, difiere del que todas las personas vivencian: es un sentimiento contemplado y cualitativamente configurado. Y hay una intencionalidad creada, se le da a todo un sentido más profundo que el práctico.
En la poesía de este autor, se advierte esa intencionalidad. Desde un sentir profundo, da a conocer aspectos del espacio geográfico que lo conmueven y del modo de vida cotidiano de los hombres, mujeres y niños que lo habitan, expresando por medio de un hablante lírico ese sentimiento y emoción.
El poeta, además, ha tomado distancia de esta tierra, su tierra y de la gente, su gente para regresar a ella por medio de la palabra en forma de poesía. Pedro Luis Barcia sostiene la necesidad de que esto ocurra: “(…) quien vive inmerso en un medio no está habilitado para percibirlo en sus peculiaridades distintivas. (…) Nadie percibe en su originalidad el medio en que ha nacido y vivido, pues carece de capacidad de contraste, generada por el conocimiento de otras realidades diferentes de la suya. (…) Se le impone tomar distancia del objeto de su consideración. Absorber otros aires y pasear por otros ámbitos. Esta distancia le ofrecerá perspectiva para reconocer la identidad de lo propio y las diferencias y similitudes que guarda con otros espacios y modos de cultura.
Para un escritor, la primera condición para ver y conocer la región nativa en sus rasgos identitarios es la de ser forajido”. (Barcia, P.L, 2004:27)
A su vez, Rainer María Rilke (escritor austríaco) sostiene que el poema se hace con experiencias, es necesario ver muchas ciudades, hombres, cosas, animales, sentir el vuelo de los pájaros.
Esto es lo que ha ocurrido en el caso del escritor pampeano “Alpataco”, quien relata que, al cumplir con el otrora servicio militar obligatorio en la marina, tuvo la oportunidad de viajar por el mundo a bordo de la Fragata Libertad, pasando por Francia, Alemania, Perú, España, Estados Unidos entre otros países, e incluso la Antártida. Fue durante esa travesía que entendió la realidad de sus padres y de todos los habitantes de los puestos del oeste de La Pampa. A través de esa experiencia, se convirtió en forajido, descubrió el amor que lo ataba al terruño, comenzando a escribir, como bien dice, en el lenguaje de su tierra y de su gente.
Es por eso que como en su obra emplea palabras propias del sociolecto del lugar -como arrope, bardino, cuajada, jahualero, unca- al final de cada libro presenta un glosario.
Escribe durante la travesía, pero recién varios años después publica su primer libro: “Alpataco. Ramillete de versos chicalquenses”. Nombre con el que simboliza a los puesteros del oeste pampeano por ser un árbol sufrido y resistente, que siempre vuelve a florecer. Su origen, quechua, significa algarrobo de piedra.
En cuanto a las marcas paratextuales (Gerard Genette, 1989), la portada del libro, lleva como ilustración una fotografía de esa especie arbórea. El interior carece de prólogo, pero tiene un epígrafe del autor muy significativo. Lo dedica a sus padres y a otros familiares que detalla.
Son cincuenta y tres poemas -algunos ilustrados- que abarcan sesenta y dos páginas. Se estructuran en estrofas de seis versos octosílabos cuyas rimas no se rigen por un patrón uniforme.
El poeta rompe convenciones gramaticales, ya que inicia cada verso en mayúscula sin consignar punto aparte en el anterior, lo cual presenta un desafío al lector. Estas características dotan a cada poema de una cadencia y ritmo propio.
Varios poemas son sobre La Humada, lugar del nacimiento del autor: Es tan bella La Humada/Que no cabe en su hermosura. Y también sobre la Provincia de La Pampa: Duerme La Pampa infinita/En brazos de la llanura.
Algunos se transforman en poesía como relato, ya que con sus versos historiza sobre tiempos pasados: territorio en poder de pueblos originarios, historias de vida.
Es una poesía descriptiva en la que deja una impronta sobre la naturaleza, el paisaje y la gente y su modo de vida.
Temas.
También hace mención a la ausencia del Río Atuel. Un curso de agua interprovincial que, debido a acciones de la provincia limítrofe aguas arriba, dejó de correr por el oeste pampeano desde el año 1948. El poema titulado Río cautivo dice: En el valle de la ausencia/Perdió el río su belleza/Es caudal de la tristeza/Tan desolado se siente/Triste colgado está el puente/Por aguas que ya no besa.
Su obra, acompañada por las fotografías de su compañera Ana María Zorzi, se ha convertido en una voz que reclama por la restitución de este cauce bajo el lema Ríos Libres. (Así se titula otro de sus libros).
Dedica poemas a personas conocidas y destacadas de la región con quienes convivió él y su familia como Juan Pagano, Cochengo Miranda del puesto El Boitano, Fermín Lucero. Y también a las mujeres puesteras que viven allí junto a su familia, a las que dedicó otro de sus libros: Mujer Puestera -entre las que se encuentra su madre, cuya imagen ilustra la portada- y Teófila Videla.
El libro Alpataco -en el que utilizando recursos literarios como personificación, metáforas, hipérbaton con el que crea imágenes poéticas-, finaliza con tres poemas. Uno de ellos, Mi vida, autorreferencial, da cuenta de los valores que atraviesan al hablante lírico: el amor hacia la gente sencilla, el valor de la amistad y la familia, la constricción al trabajo, la honestidad entre otros. Le sigue Consejos, en el que transmite resiliencia y esperanza y el último, dedicado a sus padres, agradeciéndoles por las enseñanzas y valores que le han transmitido.
Un corpus donde el autor, en concordancia con lo que manifiesta Fabiana Varela (2018), genera por su propia decisión una literatura regionalizada que en este caso, se centra en el oeste de La Pampa, sus rasgos específicos en sentido meiorativo con un tono elegíaco, (sobre todo cuando escribe sobre la ausencia de los ríos) y nostálgico, pero sin que se advierta una cerrazón cultural en este caso, sino como el mismo Vazquez lo explica, es una forma de homenaje y si bien es una expresión personal, se universaliza como sostiene Barcia, al ahondar en el suelo del hombre. Además, varias de sus letras han sido musicalizadas por reconocidos intérpretes en La Pampa como Machi Sanez, el grupo Los Caldenes, entre otros, habiéndose presentado algunos de ellos en el escenario de Cosquín.
Puesteros.
Puesteros del Oeste fue editado al año siguiente (2019). En la portada, al título le antecede un epígrafe que reza: Reafirmando los derechos pampeanos sobre las cuencas de los ríos interprovinciales, en clara alusión a esa lucha por la escorrentía libre de los ríos interprovinciales que ya se mencionara.
La ilustración de la misma es una foto color de un paisaje del oeste pampeano debajo de la cual se encuentra una guarda pampa.
Esta obra se inicia con el prólogo de Luis E. Roldán, nativo de la zona, quien fuera ministro de educación de la provincia. Está dedicada a los puesteros que hicieron patria en esas distancias y a los que aún permanecen, por su ejemplo de lucha y el legado de las costumbres.
Su interior está ilustrado por el reconocido fotógrafo Fabián Muñoz Do Campo.
Consta de ciento treinta y seis páginas que alojan ciento quince poemas.
Comparte las características generales del primer libro. Es una poesía descriptiva, son en su mayoría poemas de seis estrofas de versos octosílabos en los que encontramos rimas sin un patrón uniforme. En este caso, el autor respeta la regla gramatical de iniciar con mayúscula, y en ausencia de punto continúa los versos siguientes en minúscula. También observamos excepciones: en El oeste y Agüita, las estrofas son de cuatro versos, en Por mi madre, la estructura es de estrofas de cinco versos libres.
Asombra la construcción de imágenes, empleando un lenguaje sencillo y coloquial en partes, pero con figuras retóricas, que además de embellecer su obra, apelan al sentimiento del lector.
Por ejemplo, en el poema Soy, mediante una sucesión de metáforas que bien podría ser una alegoría, dota de simbología las palabras de sus versos y como lectores, nos deja en la búsqueda de significado: Soy hijo de las distancias/donde el silencio más grita/ soy de esa huella infinita/la que se pierde en los bordos,/de torta asada al rescoldo/que perfuma tardecitas.
Como en Alpataco, rescata nuevamente características propias del lugar. Pero se centra principalmente, en los puesteros y habitantes del mismo: Dedica un poema a su abuelo Juan Vazquez, a “Burrito” Modón, Don Antonio Centeno, un médico rural, José Luis Balmaceda, Pancho Carrasco, Pancho Lucero, José Trejos entre otros.
Vuelve una y otra vez a las costumbres propias de su tierra: la botella forrada con arpillera y mojada para mantener más fresco su contenido (agua o bebidas), ya que se carecía de heladeras; la utilización del lazo; de la pelota de cuero para recolectar agua; la olla de hierro para cocinar; la plancha a carbón para alisar la ropa; el fuentón de zinc y la tabla para lavarla.
En sus poemas también hay un lugar para las creencias y mitos, como en Luz mala: Cuando a mi rancho llegué/entre penumbras pensaba/que esa luz que me alumbraba/a mis preguntas no aclara/todos le dicen “luz mala” /y a mí no me ha hecho nada.
En Jarilla describe metafóricamente el ser del yo poético. Se cosifica con imágenes y recursos literarios y nuevamente, incita al lector a la búsqueda de significado. En el poema La Facultad, deja un mensaje sobre lo que se aprende en ese medio agreste: Yo soy de esa facultad/esa que van mis paisanos/donde el que enseña es el llano/y la crudeza del tiempo/soy egresado del viento/de aquel oeste pampeano.
También en Hijo del viento: Yo soy el hijo del viento/que habita en la inmensidad/soy de esa tierra ancestral/donde se echan las distancias/la nada es la fragancia/que embriaga la soledad.
En Puesteros encontramos versos elegíacos donde manifiesta el sentir nostálgico por el éxodo de los puesteros del lugar desde el ambiente rural a las áreas urbanas: Se están yendo los puesteros/una especie en extinción/se van para otra región/quedan los puestos taperas/con candado las tranqueras/entra la desolación.
En La Pampa son habituales los incendios de monte estacionales. Un flagelo que provoca grandes daños ambientales y económicos. Vazquez le escribe a quienes los combaten con denuedo, los bomberos. También a distintas localidades que pertenecen a esta región: Algarrobo del Águila, Santa Isabel, La Humada, Telén.
Al finalizar, se despide con el poema Hasta pronto, pero a la vez anuncia el regreso continuo al lugar (su querencia).
En resumen: Ariel Hugo Alpataco Vazquez es un poeta pampeano que, mediante el uso de la palabra, con las particularidades descriptas anteriormente, nos pone en contacto con un paisaje o territorio propio en su obra, o de la pertenencia a un lugar que es indudablemente, su fuente.
Pero el poema, también en palabras de Oteriño, nace para ser compartido.
Y se comparte al leerlo o escucharlo. Es allí donde quien lo recibe, lo hace suyo y realmente lo dota de sentido. Al ser la poesía polisémica, puede tener diferentes significados para cada lector, quien puede reconocerse en ella, dejarse alcanzar, estremecerse. Percibir que lo que las palabras le susurran, también le concierne.
Es, en efecto, lo que ocurre al leer la obra del poeta Ariel Alpataco Vazquez.
* Escritora
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