Sabado 15 de junio 2024

Vito Dumas: la soledad y el mar

Redaccion Avances 26/03/2023 - 09.00.hs

Dumas fue un deportista que practicó natación, boxeo y atletismo. Pero su trascendencia estuvo en una actividad con escasos pero respetados practicantes: la de navegante solitario.

 

Faustino Rucaneu *

 

Allá por los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado hubo un deportista argentino que ganó las planas del mundo; no tuvo la trascendencia que obtuvieron después Juan Manuel Fangio, Diego Maradona o Lionel Messi, pero se convirtió en un símbolo de argentinidad en esos años. Se llamaba Vito Dumas. Un dato singular es que su infancia y juventud transcurrieron lejos del mar y, en parte, en plena Pampa, como que vivió años en un campo cercano a Trenque Lauquen.
Resulta curioso, y hasta un poco triste, que pocas personas de menos de cuarenta y cinco años sepan en la actualidad algo de él y de lo que hizo. Dumas fue un deportista que practicó natación, boxeo y atletismo. También estaba tocado por un espíritu artístico, ya que había incursionado en la pintura y escultura.
Las crónicas de época, sin embargo, lo describen como un hombre inteligente pero introvertido. Pero su trascendencia estuvo en una actividad con escasos pero respetados practicantes: la de navegante solitario. En un pequeño velero, que estaba lejos de haber sido construido para semejante viaje, tempranamente unió Francia con Argentina. Nunca antes había navegado en el mar abierto. De allí en más la atracción de la soledad y el peligro parecen haberlo ganado y a ellos se entregó. Acaso fue aquel carácter con algo de retraído que mencionáramos antes lo que lo empujó a sus aventuras marinas, siempre en solitario.

 

El cruce de los 40 grados.
Pero la hazaña que en esos años lo llevó a la fama y a ser considerado uno de los tres mayores navegantes solitarios de la historia, fue la que inició en 1942, en plena Segunda Guerra Mundial.
Esa vez circunnavegó el globo terrestre con dirección oeste-este, algo que nunca había sido hecho por marinos de su misma condición. El viaje los realizó en su barco velero Legh II, que repetía el nombre del anterior, algo menor y menos navegable.
De aquella hazaña náutica quedó un libro interesantísimo: Los cuarenta bramadores; la obra, que atrae desde su mismo título, alude al paso del velero de Dumas por las latitudes de los 40 grados sur, famosos –y temidos- por los fuertes y casi constantes vientos. Tuvo múltiples distinciones oficiales y particulares de distintos países por aquella andanza y un especialista en materia de navegaciones e historias relativas –el francés Jean Merrier- se refirió a su proeza como “la hazaña más inaudita que hombre solo jamás haya cumplido en el mar”.
La caída del peronismo y los odios consecuentes repercutieron con fuerza sobre la personalidad de Dumas. Es sabida y recordada la afición del entonces Presidente para con el deporte, y su apoyo para quienes lo practicaban dándole al país trascendencia en el mundo (Juan Manuel Fangio, Delfo Cabrera, la selección campeona del mundo en básquetbol). Así, tras sus hazañas náuticas y en reconocimiento a ellas, Perón hizo que se lo nombrara “teniente de navío en grado honorífico. Al parecer esa distinción fue demasiado para la Marina, la más conservadora de las fuerzas armadas, que trasladó a Vito Dumas ese prejuicio, contribuyendo a que parte de la sociedad argentina lo menospreciara. Para más se fomentó una fama con que a menudo se desmerece a algunas personas trascendentes en el país, esto es la de “mufa”, o sea portador y trasmisor de la mala suerte.

 

Más allá de los datos que buscaban denigrarlo Vito Dumas quedó en la historia de la navegación mundial como uno de los tres mayores protagonistas de todos los tiempos en la actividad de cruzar los mares en riesgo y soledad.

 

(Datos de Internet y archivo personal de A.B. Domínguez)

 

Colaborador *

 

 

Por si quieren emularlo…

 

Antes de su viaje de circunnavegación tuvo que asegurar proveerse al máximo, pues las ventas en los distintos países podían llegar a estar fraccionadas y restringidas por la guerra. Solo contaba con diez libras esterlinas que le prestó un amigo para viajar: “Total para qué quiero dinero, si en navegación no voy a gastar”, se justificó risueñamente.
Así que calculó provisiones para un año: 400 botellas de leche esterilizada y gran cantidad de leche chocolatada, latas de cocoa; veinte kilos de harina de lentejas, arroz, garbanzos, arvejas, diez kilos de yerba mate, latas de aceite y 80 kilos de corned-beef, manteca salada, chocolate en barras, leche condensada, 70 kilos de papas, 5 de azúcar, frutas confitadas, mermeladas, tabaco para pipa y cigarrillos, cajas de fósforos, galletas, botiquín de primeros auxilios, dosis de vitaminas A, B, C, D y K y glucosas para la falta de calorías. Llevó una cocina y alumbrado que utilizaban kerosén así como 400 litros de agua potable.
Poco antes de partir justificó su viaje con esta frase: “Voy en esta época materialista, a realizar una empresa romántica, para ejemplo de la juventud”.

 

Testimonio

 

“He pasado en el Atlántico días terribles; quizás esto me brinda cierta seguridad frente a lo que vendrá, pero la realidad de lo que aguarda, la terrible realidad, superará todo lo que haya sufrido en mi vida de marino. Será más dolorosa, más angustiosa, más incierta que la breve pasada en el golfo de Gascuña en aquel crucero de 1932. Este pobre corazón mío ¿cómo pudo haberse sobrepuesto a tanta amargura, a tanto espanto, si es de la misma constitución de esa gente tranquila, normal y común que ahora me rodea? ¿Cómo pudo el cerebro desviarse de la locura y mantener el equilibrio necesario para poder razonar, para serle factible tomar distancias, efectuar cálculos, concebir planes, en ese infierno que nunca más en mi vida volveré a cruzar? ¡Sí, porque nunca más nadie podrá pedirme eso otra vez. Nadie, nadie. No volveré jamás! Ni el tiempo será capaz de hacerme olvidar lo sufrido. No lo olvidaré nunca. Nadie podrá solicitarme otro esfuerzo semejante. Y al mirar por última vez lo que quedaba allá en popa, al transponer la línea imaginaria entre el Mar de Tasmania  y ese Índico, una especie de escalofrío invadió todo mi ser”.

 

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