Sangrienta contienda
Desde su surgimiento oficial como Estado, hace más de 75 años, Israel prácticamente ha triplicado su superficie a costa de las poblaciones árabes, especialmente del millón de palestinos que fueron expulsados de sus tierras. Con su sociedad instalada en la lógica de un justificado genocidio para con los de la Franja de Gaza, la sociedad israelí, en su gran mayoría, hace oídos sordos o aprueba la actual política de su país, aunque hay grupos intelectuales y políticos opuestos a la acción militar en vigencia dado que, como dice uno de éstos, “la intención no es vencer, sino exterminar, y lleva indefectiblemente al genocidio”.
De hecho, durante la pregonada (y falsa) tregua promovida por Donald Trump –que aspiraba al Premio Nobel de la Paz y que no admitió la inmigración de palestinos a su país- no hubo un solo día que el ejército y la aviación israelí no hayan bombardeado el sector palestino.
Pero, ¿cuál es el origen de estas impiedades? La extrema derecha, que tiene un dominio casi total sobre las fuerzas políticas y militares judías, considera que los acontecimientos actuales son “un signo inequívoco de la inminente llegada del Mesías”, concepto central de la tradición religiosa hebrea y de sus libros sagrados que, como muchas ideologías extremas, crecen y se expanden porque encuentran tierra fértil en los relatos históricos precedentes. Varios rabinos de esta corriente consideran que se ha producido una llamada celestial que no distingue entre enemigos activos y enemigos potenciales. Según estos rabinos, la ley judía permite matar civiles e incluso niños, un detalle que consta en la propia Biblia.
Parecería que al amparo de sus creencias y tradiciones, una sociedad pretendidamente democrática, al menos en sus inicios, por acción del sector de ideas predominantemente sionistas se ha trasformado y aspira a la construcción de un “gran Israel” (la expresión es de uno de los intelectuales disidentes con esa política) que se extienda sobre los territorios bíblicos y desde Jordania hasta el mar Mediterráneo. Recuérdese que el presidente de los Estados Unidos sugirió que la Franja de Gaza podría convertirse en una nueva Costa Azul una vez que se acabe con los palestinos.
Coetáneamente a las polémicas medidas que viene tomando desde hace años el Estado Israelí, caso de la declaración de Jerusalén como capital del país, se agregó la reciente derogación de una ley jordana que prohibía a las personas no árabes comprar tierras en Cisjordania, lo que impedía a los colonos israelíes adquirir inmuebles en territorio palestino ocupado por Israel. La medida, que todavía no tiene aprobación parlamentaria, se agrega a la expansión israelí y a la exclusión de los árabes. También da por tierra definitivamente aquella idea gestada por las Naciones Unidas en el siglo pasado, sintetizada en “Un territorio, dos naciones” trocada ahora en las crueles palabras de un integrante del gabinete judío: “Estamos profundizando nuestras raíces en toda la tierra de Israel y enterrando la idea de un Estado palestino”. Frente a ellas todo induce a pensar que “cuando finalice la contienda actual, tal vez comenzará a gestarse la próxima, que será más sangrienta que la anterior”.
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