Miércoles 29 de mayo 2024

Aquel soldadito

Redaccion Avances 28/01/2024 - 15.00.hs

El autor comparte con lectoras y lectores de Caldenia, un cuento inédito que será publicado en su próximo libro. Dadas algunas declaraciones del actual presidente argentino, creímos conveniente exponer este ilustrativo relato.

 

Aldo Umazano *

 

Según los medios de difusión la guerra con los ingleses había terminado. Muchos argentinos no lo podíamos creer. Después de unos días, cuando tratábamos de triturar la derrota, y muchos pensábamos que la guerra de Malvinas había sido una experiencia colectiva, pasé por la agencia de un amigo que hacía publicidad, y al salir lo vi comiendo un sánguche; daba la sensación que mientras masticaba trataba de ocultarse de algo. Yo lo saludé, pero no me contestó. Tragaba apurado y miraba el piso. Creo que no me escuchó. Tenía la ropa arrugada. La desesperación con que masticaba no la podía disimular. Su cuerpo estaba ahí, pero su mente parecía huir de un pasado duro y cercano. ¿De dónde había sacado el sánguche?; no sé. Alguien, por su apariencia de excombatiente, se lo compró. El dinero que yo tenía en el bolsillo lo necesitaba para otra cosa, pero yo hubiese hecho lo mismo. Verlo comer era un ejemplo de lo que es el hambre.

 

Impactado por su presencia abrí la puerta de la oficina de mi amigo y le señalé al joven. Mi amigo salió y cuando lo vio, lo primero que hizo fue invitarlo a pasar. Sin saludarlo el joven obedeció. Lo miramos comer en silencio. De golpe fui hasta el quiosco que estaba en el mismo edificio, compré una gaseosa y se la di. Bebió, mordió, y volvió a tener la boca ocupada.

 

No le preguntamos de dónde venía porque nos dimos cuenta por el uniforme que hacía tiempo habían desaparecido de las plazas, de las calles, de las terminales, de las puertas de los bailes esperando que lo dejen entrar.

 

El joven seguía comiendo con la botella medio vacía en la mano, siempre ignorándonos; tenía la vista clavada en un lugar que nosotros no veíamos.

 

-¿Cómo estás?-, le pegunté. Y no me contestó.

 

-¿Para dónde vas?

 

-Para mí casa-, dijo apenas tragó.

 

Nos quedamos en silencio.

 

Frente a mi había una repisa donde mi amigo publicista guardaba objetos que en algún momento había utilizado. Me detuve en un soldadito de plomo que estaba cuerpo a tierra. Recordé a Wernicke que en su novela La Rivera tiene una fábrica de soldaditos de plomo. Este soldadito era igual a los que jugaba con mi abuelo cuando yo era niño. El que mataba más soldaditos, ganaba. Yo elegía para dispararle a los que estaban cuerpo a tierra porque era más difícil acertarle; las balas le pasaban por arriba. Además, me permitía discutir si el abuelo lo había matado o no. Quien ganaba siempre era yo; mi abuelo veía como yo disfrutaba los triunfos gritando: -¡La guerra de Corea! ¡Ratatatá!-. Los tiros salían de una ametralladora imaginaria que calzaba en mi cintura.

 

El sonido del joven tragando la gaseosa me trajo al presente. Lo imaginé tomando agua sucia con vientos helados filtrándole su ropa mojada por el agua de mar. Seguro que había enfrentado cosas peores, a veces la imaginación queda a medio camino de los hechos.

 

El soldadito alzó el bolso y comenzó a caminar hacia la calle, porque el negocio de mi amigo estaba en el fondo de la galería. De pronto giró:

 

-¿La ruta a Santiago del Estero?-, preguntó bajito, no fuera que sus palabras denunciaran su presencia. Le señalé el camino. El joven partió pero dobló para el otro lado.

 

- ¡No, hacia ahí regresás! Es hacia el otro lado-, le dije gritándole en voz baja solidario con su miedo. Después se puso contra la pared, como si quisiera evitar una contraorden. Parecía que la única manera de ignorarla fuera escondiéndose.

 

Caminó de costado, rozando la espalda con la pared, y después de espiar, desapareció.

 

Entramos al negocio pensando en el joven.

 

-¡Qué boludo!-, pensé. Seguro que necesitaba plata. Salí corriendo, fui hasta la esquina pero ya no estaba. Miré. No pude saber qué rumbo había tomado. Como mi amigo tenía auto, exclamé:

 

- ¡Tendríamos que haberlo acercado a la ruta!

 

- Tenés razón.

 

Recordé verlo comer:

 

-“¡Cómo aturden los aviones y las ametralladoras!”, pensé. “¿Y la incertidumbre de la muerte cuándo avanza y no sabés de dónde vendrá y en qué momento?”.

 

En la manera de comer el sánguche estaban todas esas cosas, y otras que nunca sabremos sobre aquel soldadito que regresaba a dedo a su casa, terminada la guerra de Malvinas.

 

* Escritor, dramaturgo, titiritero, actor.

 

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