Sabado 02 de julio 2022

Como mariposa al candil

Redaccion Avances 22/05/2022 - 07.00.hs

En este artículo conocemos la historia del astrónomo, filósofo, teólogo y poeta Giordano Bruno, quemado vivo hace cinco siglos atrás.

 

Gisela Colombo *

 

Que el Renacimiento fue una revolución del conocimiento irrepetible no es novedad. Tampoco lo es que se erigió en el mayor pináculo artístico. Pero mucho menos popular es la noción del Renacimiento como la síntesis más coherente entre todos los saberes acuñados por Occidente en los siglos de la Antigüedad y del periodo medieval.

 

El humanismo fue una mirada que se proponía unificar todo saber por medio del hallazgo de la verdad en la raíz de lo humano. Un ejemplo de los sabios que operaron desarrollando y expandiendo este pensamiento es el de Giordano Bruno.

 

Giordano Bruno, astrónomo, filósofo, teólogo y poeta, nació en 1548 en Nola, cerca de Nápoles. Fue bautizado como Filippo Bruno. Siendo muy joven, e inspirado por su afición por el saber, ingresó en la Orden de los Dominicos, donde se hacía un culto al conocimiento teológico, especialmente en lo transmitido por Santo Tomás de Aquino, también sabio y dominico napolitano.

 

Cosmología.

 

Pero si algo le valió la admiración de la posteridad a Giordano Bruno, no fue su humanismo, sino sus teorías cosmológicas basadas en algunas ideas de Copérnico. Las mismas que dieron frutos en la obra de muchos astrónomos posteriores. Partiría de la concepción heliocéntrica que señalaba Copérnico, superando el geocentrismo planteado por Aristóteles y la cosmología de Ptolomeo, que implicaban que la Tierra era el centro del universo y el resto de los cuerpos celestes giraban a su alrededor. Bruno tomó esas ideas pero se atrevió a ir más allá en la expansión: planteó la posibilidad de que el sol fuera el centro de nuestra galaxia, pero no del Universo, que él sospechaba infinito. Esa infinitud significaba la existencia de innumerables galaxias cada una centrada en una estrella semejante al sol y sus cuerpos celestes orbitarían en torno. Según la presunción, el universo podría contener infinitos mundos habitados por animales y seres inteligentes, como el nuestro. Este barrunto dicho en el mundo posterior al siglo XVIII, en que el Enciclopedismo fragmentó los saberes por áreas, no habría suscitado polémicas fuera de los claustros. Pero la cultura del Renacimiento y ese humanismo que el autor profesaba, tendían a la unidad de la comprensión humana y tomaban las diferentes disciplinas como vías alternativas que conducían hacia un mismo fin.

 

Copérnico, al afirmar el heliocentrismo se había ocupado de conseguir para su libro un prologuista inobjetable por su condición de religioso. El pastor Osiander, amigo del astrónomo, redactó un prólogo que minimizaba los hallazgos de Copérnico como una “mera hipótesis” que apuntaba a ofrecer “sólo matemáticas más fáciles” para predecir los movimientos de los planetas. Y afirmaba que, de ningún modo, Copérnico pretendía fundar una nueva concepción del Universo. Eludía así la Inquisición. Pero Giordano Bruno era un hombre más valiente, inspirado y convencido de que la verdad, como única, no admitía tan fácilmente la independencia entre el mapa estelar y las creencias religiosas.

 

No resulta extraño, en ese contexto, que los sectores de la Iglesia que habían poseído y administrado los saberes durante toda la Edad Media, percibieran gran parte de los descubrimientos científicos como potenciales demoledores del dogma y se decidieran a perseguirlo.

 

A Bruno también debemos ideas que luego continuará la ciencia. Ofertó a la posteridad, en su obra “La cena de las cenizas (1584)” una punta de iceberg para comprender la relatividad del movimiento: “Todas las cosas que hay sobre la Tierra se mueven con la Tierra. Una piedra lanzada desde lo alto del mástil volverá al final de alguna manera, aunque la nave se esté moviendo”.

 

Magia.

 

Pero Giordano Bruno no fue sólo eso, por grande que “eso” fuera.

 

Se confesó “mago”, lector de la magia natural pero también de la sobrenatural que se alcanzaba por medio de la imaginación y la fantasía. En este sentido, escribió un texto llamado “De la magia, De los vínculos en general”(1590) que trata las relaciones humanas y con otras especies como la fuerza que mueve el mundo, que unifica y perfecciona a todas las criaturas involucradas. En su perspectiva, gracias a los vínculos, la naturaleza logra avanzar. Esas relaciones son las que generan los lazos que permiten que todo el universo sea una unidad. Inspirado en la teoría de Marsilio Ficino, sostiene que el amor verdadero perfecciona. Ficino, médico, astrónomo, poeta y músico, en ocasión de traducir una serie de escritos griegos que Cosme de Médici le requiere, elaboró una teoría del amor que Giordano retomara y se atrevió incluso a pronunciarse sobre el tema, aun cuando no se le conocieron parejas en las que pudiera experimentarlo. Las “facultades” jugaban un papel fundamental en los “vínculos”. Las facultades eran determinaciones o logros que perfeccionan al hombre y acentúan el atractivo para los demás. Cuantas más capacidades desarrolladas tiene una persona, más atractiva resulta. Tener más facultades o perfecciones predispone a amar más y a ser más amado. Así, el amor constituye una fuerza que hace que la vida se intensifique, avance y se perfeccione.

 

Sin embargo, el “nolano” no creyó en el matrimonio para toda la vida, que propuso la Iglesia durante toda la historia y salió de boca del mismísimo Cristo en los Evangelios. No creía que el amor de pareja fuera capaz de lograr la infinitud que atribuyera al Universo. Para explicar su caducidad habla de “facultades” que se adquieren, y suscitan la necesidad de vincularse con otros seres para perfeccionarlas. Similar a lo que sostienen algunos contemporáneos nuestros respecto al crecimiento personal y la disolución de los vínculos en que los amantes evolucionan a diferente ritmo o con diferente efectividad.

 

Incluso consideraba necesaria una labor objetable. El amante debía evitar por todos los medios que el amado desarrollara nuevas facultades para evitar la necesidad de perfeccionarlas en contacto con terceros, lo cual podría disolver la relación. Curiosa tolerancia al egoísmo.

 

También se pronunció sobre los juegos de “hechizo” que se ejercen en el momento del enamoramiento. Y ofrecía una recomendación llamativa: No conviene mostrarse completamente luminoso, perfecto en todos los aspectos, e impoluto. Eso desnudaría la impostura del seductor y haría evidente su falsedad. En cambio, lo importante era manifestarse desde la “sombra” personal, de manera tal que cuando destellara, el contraste fuera tal que, sin encandilar, resultara iluminador y digno de ser amado.

 

Esta concepción de las “sombras”, para Nuccio Ordinale, catedrático italiano especialista en la obra de Giordano Bruno, se refiere en la obra “El candelero”, mediante la profesión del protagonista, que es un pintor. “El candelero” es una obra teatral cómica que funde dos lenguajes: el literario y los diálogos filosóficos que eran tradición desde tiempos muy antiguos. La fusión conduce a alivianar el pesimismo que se desprende de toda cuestión existencial presente en los “diálogos” y le concede profundidad al humor de la comedia. El profesor explica que una antigua leyenda recrea el origen de la pintura como la experiencia del primer pintor que un día traza el contorno de una sombra que ve y a partir de entonces crea su propia pintura.

 

Fuego.

 

En términos religiosos, nuestro teólogo construye una forma de panteísmo que plantea que Dios es todas las cosas y que todas las cosas componen a Dios. Dios es la unidad del Universo sin que la criatura más insignificante pueda faltar para lograrla. Esta identificación entre Dios y su criatura es la que lo inspiró a pensar en la infinitud del Universo. Pues si el poder de Dios es infinito, su creación también debiera serlo. De tal modo, Dios es Unidad y en la escala descendente de las perfecciones del ser, sus creaciones son la Multiplicidad, que se unirá por medio de los “vínculos” para retornar a la Unidad.

 

Estas ideas heterodoxas y sumamente cuestionables para el Dogma católico sometieron a nuestro sabio a una persecución de la “Santa Inquisición” iniciada con una denuncia que lo obliga a huir del convento dominico a los veintitantos años, pero regresa permanentemente, convirtiéndolo en una especie de sabio nómade. Francia, Alemania, Inglaterra, varias ciudades de Italia van siendo escenario para sus investigadores. La Inquisición es su verdugo, sin dudas. Pero es la magia la que obra su destrucción, aunque en un sentido no previsible.

 

Giovanni Mocenigo, noble interesado en que Bruno le revelara los secretos de los “vínculos” y le enseñase a dominar las mentes de sus semejantes, lo invitó a pasar una temporada en Venecia, en su palacio. Cuando el filósofo descubrió que ésa era su intención juzgó que el hombre no merecía un conocimiento que, usado para el mal, tendría consecuencias tremendas. Es que Giordano Bruno buscaba la sabiduría no sólo en los libros sino que aquello que iba aprendiendo lo aplicaba a su experiencia de vida. Y creía, como la disciplina alquímica de su tiempo, que el verdadero crisol ocurría en el hombre, el verdadero atanor era el sabio mismo.

 

Mocenigo, conforme se fue dando cuenta de que Bruno no le daría el conocimiento de tales cosas, lo denunció al Santo Oficio y finalmente fue aprehendido. Con una dignidad pocas veces reproducida en la historia, el sabio se negó a retractarse de sus afirmaciones.

 

Como consecuencia, pasaría siete largos años encarcelado y sometido a toda clase de maniobras disuasivas infructuosas, torturas que buscaban la negación de todo lo escrito. Así vivió los últimos tiempos, entre el encierro veneciano y su cautiverio en Roma. Es allí, en el Vaticano, donde el 8 de febrero de 1600 se leyó su sentencia de muerte. El 17 de febrero fue llevado al Campo de’Fiori, donde hoy se erige una escultura en su honor y en detrimento de quienes, presos de un pensamiento limitado e intolerante, ordenaron su muerte.

 

La hoguera parece suscribir su existencia mediante la imagen de la mariposa que Bruno atesoraba. La mariposa que, atraída por el amor a la luz, va a girar en torno de ella hasta que la misma candela la consume. El filósofo, atraído por la sabiduría, acabaría del mismo modo, en el fuego. Así fue quemado vivo, a pesar de que sus mismos jueces eran conscientes de que entre la magia, el saber y un final violento como ése, no hacían sino crear una leyenda indeleble. Este artículo es prueba de ello, casi cinco siglos más tarde.

 

Pero, como escribiera el mismo astrónomo, “Hombres y libros pueden ser reducidos a cenizas, pero no se puede impedir que el pensamiento siga circulando”.

 

* Docente y escritora

 

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