Todas las hojas son del viento

Redaccion Avances 05/12/2021 - 10.30.hs
A medida que la hoja deja de cumplir su función deja de fabricar clorofila perdiendo su color verde.

Las hojas de algunas plantas nacen y caen luego de cambiar los colores, algo que nuestro cerebro interpreta a través de los ojos. Estos mecanismos fisiológicos que nos unen a las plantas han inspirado tantas cosas que aquí le dedico algunas palabras.

 

 

Alejandro Villarreal *

 

 

Varias veces al día me toca dormir a una de dos bebés: Martina o Vera. El ritual suele ser mirando hacia la calle desde casa. A veces lleva mil balanceadas, otras veces mil quinientas y una repetición interminable de “Canción de bañar la Luna” de María Elena Walsh o “Lisa”, de Gustavo Cerati. Vivimos en un quinto piso pero los árboles, en general plátanos, son aún más altos. En primavera y verano solo se puede ver la copa. En primavera-verano, solo se ven hojas verdes. En otoño, solo vemos hojas marrones pero en invierno vemos también los edificios del otro lado de la calle. Se llega a ver hasta el techo de la clínica donde nacieron Martina y Vera acá a unas cuadras. Cada tanto se ve cómo se desprende alguna hoja y luego otra. Se dejan caer y luego todo es gravedad y viento.

 

Las hojas en los árboles tienen una función: absorber la luz del sol y convertirla en moléculas de azúcar. El sol parece emitir una luz amarilla o blanca, pero la verdad es que esconde distintos colores y otras luces que ni siquiera vemos. Respecto de los colores, podemos pensar en cómo se descompone esa luz blanca al atravesar gotas de lluvia dando un colorido arco iris o directamente en la tapa del disco “Dark side of the moon” de Pink Floyd. Respecto de las luces que no vemos, podemos pensar en la ultravioleta, tan dañina para nuestras células.

 

De todas esas luces las hojas pueden captar algunas y otras rebotan, como la verde. Las hojas son verdes (las vemos verdes) porque a nuestros ojos llega la luz que las hojas no necesitan.

 

La molécula que absorbe algunas luces y rebota la verde es la clorofila. Cuando una hoja está en su plenitud tiene mucha clorofila y por eso la vemos verde. Es solo la luz que nos llega de rebote.

 

Recordarán la película “Forrest Gump”, cuando Tom Hanks corre atravesando Estados Unidos. En uno de los paisajes la ruta lleva al protagonista a pasar por unas granjas en Vermont cuyos árboles dejan ver el multicolor de sus hojas en otoño. Además de la clorofila, hay otras moléculas en la hoja. A medida que la hoja deja de cumplir su función deja de fabricar clorofila perdiendo su color verde. Ahora, las otras moléculas comienzan a ser relevantes al momento de colorear las hojas, rebotando luces rojas y cercanas al rojo. Eventualmente, la hoja dejará de fabricar todo componente llegando al momento de desprenderse.

 

Dije también que hay luces que no vemos, como la ultra violeta. Esta también llega a las hojas o a las flores y rebota, muchas veces, armando patrones (“dibujos”) muy particulares. Las personas somos incapaces de notarlo sin el equipo adecuado pero muchos insectos, como las abejas, se ven atraídas por estos patrones. Al verlos, saben que hay una hoja o una flor sobre la cual pueden aterrizar y encontrar polen.

 

 

Palabras de cómo vemos.

 

La visión es un proceso fisiológico extremadamente complejo. Los rayos de luz que rebotan en los objetos, como las hojas, entran a través de nuestra córnea y atraviesan el cristalino incidiendo en el fondo del ojo. Allí está la retina. La retina se compone de varias capas de células de las cuales sólo voy a mencionar algunas. Aquellas que reciben la luz y la transforman en señal eléctrica son los conos y los bastones (el nombre viene dado por su forma). Los conos son poco sensibles (necesitan buena luz para activarse), pero pueden distinguir colores. Los bastones, por el contrario, son más sensibles pero no distinguen colores y son mucho más abundantes. Es por eso que de noche, cuando hay poca luz, no logramos ver colores tan nítidamente. De noche, son los bastones los que más trabajo están haciendo. Por otro lado los conos, que son menos en cantidad, se agrupan en una región del ojo que llamamos fovea. Si logramos enfocar la luz en este punto podremos distinguir cosas bien nítidas, como por ejemplo las letras de un libro cuando leemos. Para concentrar la luz aquí usamos el cristalino que vendría a ser la “lente de la cámara”.

 

Entonces, la luz incide sobre estas células fotorreceptoras y es convertida en corrientes eléctricas como suele ocurrir con cualquier célula sensorial que detecte sonido, presión, etc. Una vez que la información lumínica es convertida en información eléctrica es transmitida a otro grupo de células: las neuronas ganglionares de la retina. Estas juntan sus prolongaciones (axones) en un paquete de axones que se llama nervio óptico y lleva la información a la parte más posterior de nuestro cerebro: la corteza visual. Allí se interpreta esta información de maneras que aún están siendo estudiadas.

 

 

La caída.

 

Las hojas no se caen simplemente sino que se dejan caer. Se sueltan. Algo que está genéticamente programado. Mantener una hoja no es gratis para el árbol. Hay que alimentarla. Pero cuando no hay suficiente sol para que las hojas cumplan sus funciones energéticas, alimentarlas resulta en un gasto ineficiente para el árbol.

 

Cuando las condiciones son las adecuadas (o mejor dicho, dejan de serlo), la planta empieza a digerir y a reubicar ciertos componentes de las hojas en su tallo o raíces para guardar como nutrientes durante el invierno. En otras palabras, se come internamente lo más utilizable de las hojas. Una de las primeras moléculas en digerirse es la clorofila, aquella que da el color verde. Cuando la hoja pierde esa clorofila, quedan unas sustancias que se llaman carotenoides. Los carotenoides siempre estuvieron ahí, enmascarados por la clorofila. Ahora, son estos los que absorben algunas luces, pero rebotan el componente amarillo de la luz. Luego los carotenoides sufren el mismo destino que la clorofila y, en algunas plantas, aparece un tercer compuesto que se llama antocianina. A diferencia de los otros, ésta se fabrica en otoño con el fin de otorgar cierta protección a la hoja por su capacidad antioxidante aunque su función no está muy clara.

 

Existen hormonas vegetales que se liberan desde las células del tallo haciendo que las células de las hojas más próximas a este mueran. Sin “agarre”, las hojas se desprenden y quedan libradas al azar, o mejor dicho, a las otras fuerzas de la naturaleza que las reclamaban como la gravedad y el viento. La primera las lleva hacia el suelo, la segunda quien sabe…

 

Avanzaba con este artículo en pleno otoño estando en Santa Rosa. Como suele ocurrir, remolinos de hojas y tierra y yo en la vereda de casa intentando dormir a una de las hermanas. Pasó el otoño y, entre balanceadas, también el invierno. Finalmente Martina y Vera duermen. Ahora volvió el calor y las hojas se volvieron a rellenar de clorofila. Pero al igual que las que ya cayeron, también caerán. Como bien dijo “El Flaco” (Spinetta): todas las hojas son del viento.

 

 

* Investigador de CONICET. Instituto de Biología Celular y Neurociencias “Prof. Eduardo de Robertis” (UBA-CONICET). Facultad de Medicina, Universidad de Buenos Aires.

 

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