Ahora hay un pochoclero

Redaccion 13/06/2021 - 21.01.hs

Las mañanas en este tiempo empiezan a ponerse frescas ante la inminencia del invierno, que está apenas a dos semanas. El centro de la ciudad se torna, por un par de horas nomás, en un ir y venir incesante de gente, unos apurados para cumplir con algún trámite, otros caminando cansinos como en un necesario paseo matinal para matizar el encierro, que volverá promediando la tarde por las restricciones impuestas.
Los carritos que ofrecen panchos, los senegaleses con sus puestos de bijouterié, y algunos otros vendedores ambulantes que -¿de dónde saldrán que aparecen todos juntos en determinados días?- piden «un segundito…» para detener a un transeúnte con la propuesta de medias y gorros de incierta calidad (y casi podría agregarse de dudosa procedencia), son parte de la cotidianeidad de la ciudad.

 

«A los pochoclos».
El gentío va y viene… y hay que aprovechar esas pocas horas para juntar «la diaria». Por lo menos eso es lo que intenta -desde hace algunos días- el señor que parado en la vereda de un céntrico comercio, frente a la plaza y a las dos confiterías más conocidas de la ciudad, vende un producto que hasta ahora no se ofrecía en las calles.
Sí es cierto que se consumía -y mucho- cuando el amigo Walter Géringer y su esposa Betina Tueros le daban vida al cine en sus salas -primero Amadeus, después Milenium- que por obvias razones hoy no están funcionando. Ahí sí, antes de ingresar a las salas el público -sobre todo los chicos- adquiría casi como un rito la bolsita de… pochoclos.
«La verdad es que me doy cuenta que a la gente le gusta, sobre todo a los pibes y también a las mujeres… un poco menos a los hombres que en todo caso comen del que llevan sus acompañantes», cuenta Jorge Martínez (70), quien disimula su edad bajo una gorra, tapabocas y máscara transparente, y que se protege del frío con un grueso camperón. Apoyado en el cartel indicador de las calles -9 de Julio y Avellaneda-, al solcito, el hombre ofrece: «Pochoclos…», y en realidad convence más con su mano extendida mostrando las bolsitas con el producto que con las palabras apenas audibles entre el bullicio de los autos que pasan y de la gente en derredor.

 

Pochoclero y escritor.
Algún chico pide a sus padres y se lleva los pochoclos que van comiendo mientras caminan. «Y, me las rebusco. Los hago en el lugar donde vivo y vendo unas 12 ó 15 por día. Y con eso puedo pucherear», afirma, en tanto agrega que es para ayudarse y sumar a su jubilación.
«Soy de Mar del Plata, y me dedico a escribir para una editorial sobre las características de determinados lugares y ciudades. Y ahora desde enero estoy en Santa Rosa con la idea de escribir sobre las costumbres de la ciudad, y la forma en que vive su gente», explica.

 

«Esto es muy tranquilo».
¿Y qué es lo que ha visto hasta aquí?, es una pregunta que surge de inmediato: «Lo que puede decir y me llama la atención es que acá no conocen la violencia, que te podés sentar con una silla en la puerta de tu casa, o que los autos aquí mismo en esta esquina paran para que pasen los caminantes… Sí, me parece muy tranquilo esto; y nada que ver con Mar del Plata, que si andás con el celular en la mano pasa uno te lo manotea y te lo roba… aquí las pibas lo llevan en el bolsillo trasero de su pantalón y nadie se los arrebata… Allá, en mi ciudad no podés salir de noche porque te afanan, a veces de manera violenta», cuenta.
No obstante Jorge analiza que «un poco se ve la recesión, hay muchos locales desocupados aquí en el centro, y también que hay gente sin trabajo… Por lo que averigüé aquí se mueve mucho la gente del campo, y que Santa Rosa es una ciudad administrativa… Lo que tengo curiosidad es por ir y ver qué pasa en el Parque Industrial, porque una vez por los años ’80 anduve por aquí y se estaba por instalar… ¿está funcionando, hay fábricas produciendo», consulta.

 

El pochoclo azucarado.
Enseguida vuelve sobre el inicio de la nota. «Yo alquilo en la zona norte de la ciudad y ahí hago los pochoclos, vi que aquí no se vendían y se me ocurrió que podría ser una ayudita. Y sí, me sirve», evalúa. «Vendo el azucarado, porque probé vender salado pero la gente no lo llevaba», completa.
No parece vendedor, porque está allí en la esquina, con un carrito-mochila al pie, pero en una posición nada ostentosa. Un vendedor ambulante más… ahora, un pochoclero.

 

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