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Martes 03 de febrero 2026

“El horror económico”, aquel libro profético

Redacción 03/02/2026 - 12.32.hs

Viviane Forrester supo ver el huevo de la serpiente que se incubaba en los noventa del siglo pasado, cuando Occidente celebraba la caída del Muro de Berlín y el neoliberalismo triunfaba como el nuevo catecismo económico.

 

SERGIO SANTESTEBAN

 

En 1996, pleno auge expansivo del neoliberalismo, del Consenso de Washington, del cacareado “fin de la historia”, apenas después de la caída del Muro de Berlín y del socialismo soviético, el libro de Viviane Forrester (1925-2013) arrojó un balde de agua fría al poner el foco en lo que se prefería ocultar en esos años de euforia capitalista, anticipando con enorme lucidez lo que viviríamos en el siglo XXI. “No digan que no les avisé, y bien temprano”, podría decir hoy con mucha razón la autora desde su tumba.

 

“El horror económico” no fue el informe de un tecnócrata de las finanzas ni de un investigador de la economía global, sino el texto premonitorio de una novelista y crítica literaria francesa que supo ver el huevo de la serpiente que estaba incubándose entre los festejos del capitalismo global triunfante. Probablemente fue la voz que mejor anticipó el siglo XXI, que radiografió más certeramente hacia dónde se encaminaba entonces la sociedad de la mano invisible del mercado.

 

Treinta años después, con la inteligencia artificial definiendo el concepto de utilidad y los mercados financieros operando a velocidades hipersónicas, aquel libro, con su vigencia que estremece, no es otra cosa que el mapa de nuestra propia jaula.

 

El “mundo nuevo”.

 

El planteo central de Forrester, que hoy se manifiesta con toda crudeza, es la irrupción de un sistema donde la riqueza se ha divorciado del trabajo. Durante el siglo XX, incluso en sus versiones más brutales, el capitalismo era un sistema de explotación. El patrón necesitaba al obrero; el capital necesitaba a la mano de obra. Había una dependencia mutua, tensa y conflictiva, pero real.

 

Sin embargo, con el nacimiento de la primacía financiera que cambió las reglas –el paradigma neoliberal-, el capital dejó de invertirse en fábricas y personas para invertirse en... capital. La financiarización de la economía -esa abstracción donde el dinero se reproduce en mercados especulativos mediante algoritmos incomprensibles para el ciudadano común- fue creando un “mundo nuevo” donde el ser humano ya no es un recurso, sino un estorbo.

 

La sagacidad del análisis de Forrester radica en su distinción entre el explotado y el excluido. En 2026, a treinta años de su publicación, esta distinción es la base de nuestra crisis social.

 

Mientras que los gobiernos del fin del siglo XX seguían prometiendo el "pleno empleo", Forrester advirtió que las elites económicas devenidas en financieras ya no lo querían ni lo necesitaban. La automatización, que en los 90 era mecánica y hoy es digital –y cognitiva gracias a la IA- no vino a “liberarnos” del trabajo tedioso y alienante, sino a hacernos innecesarios. Forrester anticipó que millones de personas caerían en una categoría aterradora: la de lo superfluo, lo descartable.

 

No se trata de estar en el desempleo temporalmente; se trata de pertenecer a una masa humana que el mercado ya no sabe, ni le interesa, cómo utilizar. En nuestro siglo XXI, esto se hizo realidad en la “gig economy”, que en Argentina podríamos traducir como la “economía de changas”, la precariedad laboral extrema y la sensación de que somos piezas de un motor que aprendió a funcionar sin nosotros.

 

Dictadura del algoritmo.

 

Forrester describió cómo la economía se fue desplazando desde lo real hacia lo virtual. Hoy, las finanzas no son señores con puros en una oficina; son redes neuronales y algoritmos que deciden el destino de países enteros en milisegundos. Esta abstracción del poder hace que el enemigo sea invisible. Ya no hay nadie ante quien protestar, porque “el mercado” ha sido elevado a la categoría de deidad natural, incuestionable e impersonal. Las plataformas digitales son, quizás, las que en forma más cruda representan hoy a las nuevas “patronales” invisibles.

 

La primacía de las finanzas fue generando lo que la autora llamó "el silencio de lo político". Los dirigentes políticos, atrapados en las redes virtuales, siguen gestionando el simulacro: hablan de “emprendimiento” y “reskilling” (reciclaje profesional), cuando en realidad saben que el sistema está diseñado para reducir la masa salarial al mínimo posible. En casos extremos, como en la Argentina de Javier Milei, el experimento social, político y económico directamente ignora el sacrificio humano en su ciega adhesión al modelo de mercado omnipresente y Estado indigente.

 

Costo psicológico.

 

Uno de los puntos cruciales del análisis de Forrester es el de la vergüenza. En un mundo que sigue predicando que “el trabajo dignifica”, aquel que no encuentra un lugar en el mercado se siente un paria moral. La escritora denunció tempranamente la crueldad de un modelo que hace sentir culpable al individuo por un fenómeno que es puramente estructural.

 

En 2026, vemos esto en la crisis sin precedentes de la salud mental. La autoexplotación —el sentimiento de que debemos estar disponibles a toda hora y lugar, ser nuestra propia “marca” y competir contra máquinas— es el resultado inexorable. Hemos interiorizado la lógica financiera: nos vemos a nosotros mismos como activos que deben ser optimizados o, de lo contrario, liquidados emocionalmente. “El horror económico” fue el prólogo de nuestro presente. Forrester vio las grietas del edificio antes de que el techo empezara a caer. Hoy, el “mundo nuevo” que ella describió ya no es una amenaza futura, sino nuestro presente cotidiano.

 

Pero Viviane Forrester no escribió su libro para que ganara la depresión, sino para despertar del letargo del “sentido común” económico. Su obra obliga a formular la pregunta que, en 2026, debería interpelar a todos: ¿qué valor tiene un ser humano fuera de su capacidad de producir o consumir? La idea y el debate sobre la renta básica universal y los movimientos de reducción de jornada laboral son, de hecho, intentos de responder a la advertencia de la escritora, intentos de recuperar la política y la ética de las garras de una economía que se ha vuelto autista, una economía que genera enormes fortunas cada vez más concentradas en un minúsculo número de personas y derrama miseria al por mayor en la mayoría de los países, incluido el nuestro.

 

Forrester nos dejó la tarea más difícil de este siglo: imaginar y luchar por una vida que no sea una mercancía.

 

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