Pensar lo impensable
Las dos más grandes potencias nucleares, que ya han anunciado su voluntad de actualizar y ampliar sus arsenales atómicos, han abandonado toda restricción, y lo que es peor: no existen planes de negociar un nuevo tratado.
JOSE ALBARRACIN
En medio de un incomprensible silencio, hace exactamente una semana se produjo un hecho ominoso en la historia de la humanidad: expiró el último de los tratados de no proliferación nuclear que se encontraba vigente entre EEUU y Rusia (en su carácter de sucesora de la URSS). Vale decir, que las dos más grandes potencias nucleares, que ya han anunciado su voluntad de actualizar y ampliar sus arsenales atómicos, han abandonado toda restricción, y lo que es peor: no solo no existen planes de negociar un nuevo tratado, sino que tampoco existe una hoja de ruta ni un temario sobre los puntos a considerar en el texto. Por si la situación internacional no fuera ya bastante peligrosa y volátil, ahora concluyó la etapa inaugurada en 1972, cuando Nixon y Breshnev firmaron aquel primer tratado, y la humanidad respiró aliviada ante la voluntad de sus líderes de evitar la "destrucción mutua asegurada".
Acuerdo.
Cuando le preguntaron en enero pasado si impulsaría una extensión del acuerdo vigente en la materia, el presidente norteamericano se encogió de hombros. "Si expira, expira -dijo-: haremos un acuerdo mejor". Como de costumbre, Donald Trump considera que todo tratado en cuya negociación no haya intervenido él personalmente está mal hecho, aún cuando sus conocimientos sobre la compleja materia específica -y vaya si lo es la energía atómica- sean virtualmente nulos.
Partiendo de la base que un tratado viejo es mejor que ninguno, Vladimir Putin había ofrecido una extensión por un año del acuerdo vigente, pero la tensión entre las dos potencias con motivo de la guerra en Ucrania hizo imposible siquiera acordar algo tan básico.
Trump no sólo es responsable de la nueva carrera armamentística que se abre entre EEUU y Rusia: su política exterior caótica ha convencido a las potencias europeas de que deben acelerar su desarrollo de estas armas, ya que no cuentan con Washington para su defensa. Para no hablar de sus intentos de desalentar el plan nuclear de Corea del Norte, que tuvieron como resultado, precisamente, el efecto contrario.
Lo que sí es cierto es que el avance tecnológico había vuelto obsoletas las previsiones acordadas el siglo pasado. Como ejemplo, baste reflexionar que la computadora instalada en la nave Apolo XI que llevó una tripulación humana a la luna, tenía una capacidad de procesamiento que ya a fines de la década de los '80 era considerada inaceptable en un ordenador hogareño. En materia nuclear, han habido varias generaciones de nuevas armas, y también, nuevos métodos de transportarlas rápidamente y sin ser detectadas por radar.
Elefante.
El arsenal nuclear es, como el capitalismo, una especie de elefante en el bazar: nadie habla del tema, ni lo discute, a veces ni se lo nombra, aunque todo el mundo sepa que en cualquier momento -incluso por puro azar o mala suerte- puede hacer volar el mundo en pedazos. Si para muestra basta un botón, en el documento sobre estrategia de seguridad nacional publicado hace escasos meses por el Pentágono, prácticamente no se hace referencia al tema nuclear.
Y no se trata de un problema inexistente: si bien los tratados Start habían logrado reducir considerablemente el arsenal atómico de las principales potencias en la materia, al punto que en 2009 el presidente Barack Obama se permitió soñar, en un recordado discurso, con "un mundo sin armas nucleares", lo cierto es que en la última década se ha verificado un notable aumento y perfeccionamiento de estos artefactos.
Al "club" original de países atómicos (Estados Unidos, Rusia, China, Gran Bretaña y Francia), se han sumado India, Pakistán, Israel y Corea del Norte. Mientras tanto, otros países como Japón, Corea del Sur, Turquía y Polonia están dando pasos serios para incorporar esta tecnología bélica, usando como justificativo el tener vecinos y potenciales rivales que ya cuentan con ella. Ucrania, por su parte, tenía armas nucleares operativas durante su permanencia en la Unión Soviética, pero tras su escisión de esa entidad política, devolvió su arsenal a Moscú, decisión que las actuales autoridades hoy lamentan amargamente.
Argentino.
En el centro mismo de esta grave cuestión, créase o no, hay un argentino. Aunque su nombre casi no aparezca en la prensa nacional, se trata de nuestro compatriota más influyente y prestigioso en el mundo. Se trata de Rafael Grossi, director general de la Agencia Internacional de Energía Atómica, con sede en Viena, y actual candidato a secretario general de las Naciones Unidas.
Es un experto real en el tema, no como el asesor presidencial Demian Reidel -quien se adjudica esos saberes sin experiencia comprobable- que acaba de ser eyectado de la presidencia de Nucleoléctrica Argentina por serias denuncias de contrataciones con sobreprecios durante su gestión.
En una entrevista reciente, Grossi no sólo indicó que un nuevo tratado de no proliferación nuclear debería necesariamente incluir a todos los países que ya cuentan con esa tecnología (China ya ha expresado su desinterés en participar), sino que además, destacó que el nuevo tratado debería contemplar "nuevas tecnologías que no estaban previstas, como los misiles hipersónicos, las armas nucleares submarinas y espaciales". Y también, que "hay varios otros países que, por una razón u otra, piensan ahora que necesitan contar con armas nucleares propias".
Estos tratados que caducaron son responsables, en buena medida, de que haga más de 80 años que el mundo no presencia el empleo de armas nucleares en un contexto bélico, un hecho que algunos consideran un "milagro". Pero hoy, el único país del planeta que empleó bombas atómicas en una guerra, está gobernado por un presidente altamente impredecible. Sólo este año los EEUU gastarán 87 mil millones de dólares en armas atómicas, incluyendo la modernización de sus cabezas nucleares, y el reemplazo de misiles y bombarderos antiguos. A su flota de submarinos atómicos "Ohio" ahora se suma un barco de guerra denominado "Trump Class", que se anuncia apto para el traslado de misiles nucleares.
Así que bien haríamos en considerar estos problemas: no hablar de ellos no los hará desaparecer.
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