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Viernes 20 de febrero 2026

El sistema financiero ¿es una estafa?

Redacción 20/02/2026 - 00.35.hs

La mentalidad del sistema financiera sólo ve las cifras de ganancias en la planilla de cálculos, lo que ha estancado el crecimiento.

 

JOSE ALBARRACIN

 

Créase o no, acaba de publicarse en el New York Times, el principal medio en la meca financiera del mundo, un artículo titulado "La industria financiera es una estafa. Y debe ser tratada como tal". Para mayor sorpresa, el economista autor del texto, un columnista habitual del medio llamado Oren Cass, pertenece a un "think tank" conservador llamado American Compass: vale decir, no escribe desde el marxismo, ni siquiera desde el keynesianismo. Los banqueros de Wall Street habrán tenido un trago amargo, justo ahora que es la época de cobrar sus jugosos bonos anuales.

 

Poppins.

 

Para sostener su tesis, y en tono jovial, Cass acude a una película infantil de los años '60, "Mary Poppins", en la cual un banquero británico, en tono didáctico, le explica a un niño que si deposita su dinero allí, el banco se encargará de invertilo en emprendimientos productivos en el mundo real, como ferrocarriles en Africa o diques en el río Nilo.

 

Como es notorio, aquellos días pasaron: hoy el sector financiero -incluyendo bancos, fondos de inversión, plataformas de criptomonedas, etcétera- ha incrementado exponencialmente su participación en el producto bruto interno de las naciones, acumula la mayor porción de las ganancias empresarias, y atrae a los mejores talentos egresados de las mejores escuelas con sus altos salarios. Sin embargo, sus inversiones en emprendimientos productivos ha declinado casi a la mitad de lo que representaban en los años '60.

 

Hoy las ganancias del sector financiero están en otro lado: servicios de asesoramiento, ingeniería financiera compleja, compra y venta de acciones y bonos, emisión de tarjetas de créditos. Un banco como Goldman Sachs invierte menos del 10% de sus fondos en ayudar a las empresas a capitalizarse, y de eso, menos de una décima parte sirve para construir algo nuevo: el resto va a refinanciación de deudas, reestructuración de balances y fusiones empresarias.

 

Este proceso, denominado "financiarización", hace que los bancos operen a expensas del mercado real, desentendiéndose de cualquier beneficio social, donde los trabajadores son "otro costo más", y los consumidores, una mera fuente de ingresos.

 

Estancamiento.

 

Lo que el artículo subraya, y raramente se dice, es que la financiarización ha perjudicado a las empresas, haciéndolas más vulnerables, menos innovadoras y menos competitivas. Ha sido una de las principales razones de la caída de los salarios y el agrandamiento en la brecha de ingresos. También, en la pérdida de trabajos en la industria manufacturera, y en la corrupción de muchos sectores donde el lucro no debería ser el principal objetivo, como el cuidado de la salud, las funerarias, los asilos de ancianos, las instituciones deportivas, hasta los cuerpos de bomberos.

 

Esto, a su vez, ha provocado la ruptura de la solidaridad entre las personas, con ramificaciones desastrosas en la política -en particular, el sistema democrático- y hasta en la seguridad nacional. Para no hablar de las prácticas corruptas en los mercados financieros que provocaron la crisis de 2008: los financistas -postula Cass- son el peor enemigo del capitalismo.

 

Desde luego, este proceso se extiende mucho más allá del mundo financiero formal: las plataformas de compraventa de bienes crean sus propias billeteras virtuales. Las cadenas de venta de electrodomésticos, más que bienes, venden créditos. Los hinchas de fútbol son obligados a expresar su pasión suscribiéndose a "paquetes" para poder ver a sus equipos por TV. Las compañías aéreas ganan más dinero vendiéndole millas de vuelo a las tarjetas de crédito que vendiéndole pasajes a sus consumidores reales, los viajeros.

 

Probablemente la epítome de todo este proceso sean las criptomonedas -como la promovida por el presidente argentino- un ejemplo clarísimo de creación de riqueza a partir de la nada, a las que Cass define como "una empresa criminal a punto de colapsar". Y no le falta razón: hasta ahora, la mayor "utilidad" de esos sistemas ha sido facilitar la comisión de delitos como el lavado de dinero y la evasión impositiva.

 

Regular.

 

Es esta mentalidad financiera, que sólo ve las cifras de ganancias en la planilla de cálculos, lo que ha estancado el crecimiento: "No hay que invertir en astilleros, o fábricas de semiconductores, o en investigación para la industria de la aviación: hay que reducir gastos, mudar fábricas a Asia, incrementar dividendos o invertir en alguna plataforma de redes sociales que podría valer billones en una cuestión de meses". Es por eso que, lejos de su liderazgo de hace dos décadas, hoy EEUU está por detrás de China casi en todas las 64 tecnologías de punta.

 

Esto se manifiesta en particular en el campo de la inteligencia artificial: las empresas norteamericanas han desarrollado modelos altamente eficientes, pero que dependen de chips fabricados en Taiwán. A su vez, los centros de datos necesarios para su procesamiento requieren enormes cantidades de energía, que EEUU sencillamente no está produciendo (ha abandonado sus centrales nucleares) ni está en condiciones de transportar, debido a una red eléctrica obsoleta: el retiro del Estado de la economía se traduce en la pérdida de infraestructura.

 

Lo que el artículo propone, sin vueltas, es volver a las regulaciones estrictas de estas peligrosas actividades: "La financiarización es una estafa, una forma sofisticada de falsa contabilidad, sin ningún valor concreto para los trabajadores o los consumidores, la economía, la sociedad en general. Hay que tratarla en consecuencia".

 

El artículo no lo menciona, pero debería también estudiarse el rol de los bancos, como creadores o emisores de dinero, en el fenómeno de la inflación. Por de pronto, no hay dudas de que con sus maniobras especulativas han provocado el aumento del precio de los inmuebles, haciendo cada vez más inaccesible el sueño de la vivienda propia.

 

Por supuesto que existen excepciones a este panorama general: cuando en la década de los '90 la provincia de La Pampa se negó a las exigencias nacionales de privatizar su banco público, mantuvo en su poder una poderosa herramienta no sólo financiera, sino también de intervención en la economía local. Imagínese el lector dónde estarían, si no, los productores afectados por sequías o inundaciones. Qué hubiera sido de los pampeanos aislados y sin posibilidad de generar ingresos durante la pandemia, sin los préstamos a tasa cero del banco oficial. Y hoy mismo, qué sería de la deprimida economía local sin los sistemas de descuento por compras en comercios locales, que -por añadidura- representan también una política alimentaria.

 

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