Cholito Álvarez, el del decir florido

Redacción Avances 24/08/2021 - 07.13.hs

Hay santarroseños/as que se han destacado por su desempeño en diversas actividades, cimentaron instituciones y le dieron un contorno, una silueta, a la sociedad que integraron. Y tienen su lugar en la historia lugareña, por su imaginación, valentía y talento, y fueron hacedores de esta sociedad que nos contiene. Hay otros que -a su manera- también resultan muy queridos, aunque son vistos de otra manera. Se convirtieron casi en parte del paisaje. Y aún hay algunos de esos vecinos que son vistos todo el tiempo por los demás, conocidos porque van y vienen, deambulan, se mueven y reúnen características originales.

 

El inefable Cholito.

 

Si nombramos a Francisco Alvarez, más de uno rastreará en su memoria hasta encontrar algún conocido con esa identidad. Pero si nos referimos a Cholito Alvarez muchos santarroseños caerán en la cuenta de que fue uno de esos apreciados protagonistas que toda ciudad tiene. Y así será fácil advertir, en la bruma de reminiscencias, la figura inconfundible de ese hombre -lo recuerdo grande ya-, caminando a largas zancadas, dea figura robusta, ceño fruncido, pelo rubión tirando a rojizo -¿se teñía de vez en cuando?-, y su respuesta a los saludos con voz ronca, que podía ser un gruñido cuando trataban de molestarlo con bromas que no le caían bien.

 

¿Quién era ese hombre que a su manera se hacía querer y que a todos se les antojaba un poco excéntrico?

 

Un decir particular.

 

Vivía en calle 9 de Julio, a metros de Cervantes, cerquita del Fortín Roca. Hoy allí, un terreno baldío denuncia el paso de la piqueta y ya no está la vieja casona que muchos años compartió con su madre. Hijo de Francisco Alvarez y Bibiana Suárez -no se sabe por qué le decían Rosa-, Cholito tenía dos hermanos: Elisa -muchos años fue maestra de la vieja Escuela 38-, y Fernando, también profesor.

 

Cuentan que una meningitis cuando chico le produjo una leve retraso que, en realidad, desmentía con salidas y dichos que terminaban divirtiendo a todo el mundo. Es que utilizaba un mensaje florido y, a veces, resultaba exuberante en su decir, de forma tal que su inteligencia afloraba vivaz, contradiciendo aquel «leve retraso». En todo caso su forma de decir, con una palabra áspera, ruda, a veces casi gutural, animaba aquella percepción.

 

Incluso más: María Rosa Mercado, su sobrina, me dijo -mientras buscaba antiguas fotos de Cholito-, que al fallecer (hace más de 10 años) encontraron en su casa varias enciclopedias, referidas a temas vinculados con la naturaleza y la historia… y que él leía con voracidad.

 

Cholito «empresario».

 

Cholito tuvo varias actividades laborales, que incluían un trabajo en la Administración Pública -en el viejo Equipos y Talleres-, donde puntualmente concurría con entusiasmo. Pero no se quedaba sólo con eso. Era también un busca, a su manera: además de lustrar zapatos, a veces -en un tipo de publicidad que se ha perdido-, pegaba carteles en tapiales y columnas. Más de una noche podía vérselo, tarro de engrudo en una mano y brocha en la otra, colocando avisos de alguna tienda conocida, o anunciando un remate que se haría en un domingo próximo. No lo asustaba eso de trabajar.

 

En otra oportunidad puso una «empresa» de lavado de autos. «Habrán sido cuatro o cinco que lavó» contó divertido el conocido periodista radial Juan Carlos Carassay, que lo trató mucho y también festejaba las anécdotas del Cholo.

 

Lo cierto es que lo vieron por las calles de la ciudad con un cartel en el pecho que decía «La veloz», publicitando su «compañía» de lavado de autos, aunque también podía encargarse de los pisos de alguna vivienda si era necesario.

 

San Lorenzo y All Boys, sus pasiones.

 

Hincha fanático de San Lorenzo, y de All Boys en Santa Rosa, no se perdía partido en la cancha alboyense. Cuando el equipo de Boedo -dirigido entonces por Héctor Veira- llegó a La Pampa para jugar con Atlético Santa Rosa por el Torneo Nacional, la primera platea la compró justamente él. Cuando los jugadores de San Lorenzo salían por el túnel, allí -a unos metros nomás- estaba Cholo… emocionado, feliz. Si cuentan que hasta algunas lágrimas rodaron por sus mejillas -parecía tener cara de hombre malo, pero era nada más que una máscara para esconder su ternura de chico grande- cuando el equipo azulgrana saltó al césped del Mateo Calderón. Fue quizás uno de sus días más felices.

 

El gusto por viajar.

 

Decía que trabajó y mucho, y así supo tener lo que podría considerarse un buen pasar, en aquella Santa Rosa que permitía a quienes ponían esfuerzo y sacrificio -y ese era el caso de Cholito- darse algunos gustos. Para demostrar que no comía vidrio -para decirlo como lo expresa la calle-, compró una vivienda a la vuelta de la de su mamá, pero también se dio el gran gusto de viajar a México y conoció además todo ese país.

 

En épocas cuando viajar al exterior era una rareza por estas tierras -casi una excentricidad reservada para unos pocos- fue a tierras aztecas en barco y, según narra Juan Carlos Carassay, de entrada se le apersonó al capitán «por si llegaba a necesitar algo. Estoy a su disposición porque mi padre estuvo en la Marina Mercante», le dijo al sorprendido oficial que alcanzó a balbucear una respuesta: «cualquier cosa lo tengo en cuenta, señor Cholo».

 

Conociendo México.

 

Al volver, un gran sombrero mexicano era la atracción de los que veían a Cholito ir y venir por la ciudad, contando su aventura. «Es absolutamente cierto que viajó a México», corroboró ante quienes dudaban el abogado Ramón Turnes, también otro de los pocos que viajaba al exterior entonces. Alvarez algunas veces contaba sus peripecias en las tierras de Pancho Villa. Al jefe de la revolución mexicana se refería muchas veces Cholito como «El centauro del Norte», revelando en sus charlas, amenas y entretenidas, todo lo que conocía sobre la historia de México.

 

Hay cientos de anécdotas suyas. Ninguna calle llevará su nombre (¿y por qué no?, cabe preguntarse), ni lo recordará algún acto especial, pero que no quepan dudas que, a su estilo, dejó una huella. La reflexión que resulta una lástima que nadie se encargue de dejar testimonio de personas, como él, que a su manera son parte de la historia de una ciudad.

 

Un infatigable piropeador.

 

Se lo recuerda en cancha de All Boys, alguna tarde de torneo Regional, con una enorme radio sobre su hombro -medía no menos de 80 ó 90 centímetros- que invitaba a la pulla y a la respuesta siempre aguda de Cholito. «Por qué no saltás el tapial de tu ignorancia y te sentás en el sillón de mi sabiduría», invitaba a los hinchas que lo cargaban.

 

Un vecino que lo conoció mucho recordó que una vez fue a la policía: «Quiero hablar con el jefe…» encaró ofuscado Cholo: «Es tanta la voracidad del fisco que sin tener moto, ni auto, ni avión, ni sulky… pretendan cobrarme una multa», espetó en su selecto estilo.

 

Gran piropeador, no había dama que no se llevara una lisonja, siempre en un marco de respeto. «Adiós rubia artificial», disparó una vez, y la mujer contestó: «¡Adiós loco al natural!». Y otra vez Cholo, casi ofendido: «a palabras infecciosas, oídos penicilínicos».

 

«Adiós inflador de mi corazón en llanta», era otro clásico de su vocabulario.

 

Por qué no chocan los satélites.

 

«¿Por qué si hay tantos satélites (eran los años ’60) no chocan allá arriba?, le preguntó intencionado Pirincho. «Porque tienen un dispositivo de goma alrededor que al chocar los hacen rebotar y los astronautas no tienen problemas», contestó Cholito con unos reflejos increíbles. «Tenia respuestas para todo», dice el vecino que tanto lo conoció.

 

Era todo un caso. Un señor llegó cierto día desde Buenos Aires a colocar un comercio y buscaba alguien que pegara carteles de publicidad. Preguntó a una persona y era, precisamente, Cholito: «Has dado con la persona indicada, hijo», le dijo serio. Tan serio que el hombre lo tomó por loco y agarró para otro lado.

 

Vestido de gaucho o saco y corbata.

 

Tenía algunas cosas especiales Cholito Alvarez. En cada fiesta patria caminaba hacia el centro, o donde se festejara el acontecimiento, vestido de impecables bombachas blancas, camisa del mismo color -a veces botas, otras alpargatas- y un infaltable pañuelito celeste al cuello, con un sombrero que completaba su atuendo cargado de argentinidad. Pero no sólo eso, porque además no renegaba del mameluco para el laburo, y tampoco de un buen ambo y corbata, muchas veces acompañado de zapatos blancos que lo convertían en un elegante gentleman y blanco de todas las miradas.

 


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