Los misterios de la santa

Redacción Avances 09/05/2021 - 09.10.hs

Hace apenas unos días se cumplieron los 350 años de la canonización de la primera Santa de América y nuestra patrona de la ciudad: Santa Rosa de Lima.

 

Gisela Colombo *

 

Rosa nació bajo el nombre de Isabel Flores de Oliva, como la bautizaron sus padres, el 30 de abril de 1586 en la ciudad peruana de Lima y moriría 31 años después habiéndose, cuanto menos, convertido en un fenómeno incomprensible para los métodos científicos.
Era hija de una hiladora indígena y un militar español, y fue re-bautizada por su madre cuando una criada testimonió haber visto el rostro de la niña, de sólo tres meses, transformándose en una rosa. Desde entonces, el nombre que usó Isabel fue “Rosa”.
Aprendió a leer y escribir sola y se tornó una lectora voraz de textos relacionados con la vida espiritual. Quizá por esto a Leopoldo Marechal le interesó tanto la figura de Santa Rosa… Tanto que decidió escribir un brevísimo libro llamado “Vida de Santa Rosa de Lima” en el que relata hechos extraordinarios y prodigiosos de la vida de esta mujer desde las herramientas de intelectual formado, con un sentido racional riguroso. Y, sin embargo, no cae en la tentación de moderar o acomodar al pensamiento moderno aquello que los relatos venían conservando y difundiendo desde el siglo XVII.
Si algo caracteriza a la prosa de Marechal es el orden intelectual que anima sus textos. El autor argentino, que se desempeñaba como maestro de escuelas primarias, parecía saber cómo reducir las dificultades cosméticas que impiden una lectura fácil y dejan fuera a los lectores menos avezados. El autor ha dado muestras de convertir en filosofía su percepción sobre distintas cuestiones. Así, en pensamiento pulcro y, por tanto, altamente aprehensible, logra atraparnos con su relato como si estuviéramos dentro de las páginas de un “Adán Buenosayres”, de “Megafón o la guerra”… Y, sin embargo, se hace presente la enseñanza y su disciplina metodológica de maestro primario, profesión que desarrolló gran parte de su vida, como Alfonsina Storni, Julio Cortázar y otros tantos grandes del Río de la Plata.
“Vida de Santa Rosa de Lima” no es una excepción a esa norma. El texto tiene claridad, simpleza y rigor clásicos: lo que permite comprender una experiencia así de extraordinaria aun cuando no tengamos la credulidad o la fe necesaria para medir la veracidad de los hechos.
Como producto literario, el texto es una aventura atractiva por cuanto lo sobrenatural avanza sobre las categorías de la materia y eso mismo genera un extrañamiento digno de los efectos del género fantástico. No es del todo una biografía. Más cerca está de sus referentes tradicionales clasificados por la filología como “Vidas de santos”. Un género que los escritores más realistas, materialistas, agnósticos o incluso ateos o nihilistas recorren casi como una obligación técnica en la formación profesional. Se trata de un formato que remite a tiempos tempranos de la Edad Media e incluso de la Antigüedad posterior a Constantino, el soberano romano que convirtió Roma al cristianismo. Y dura, por lo que verán, hasta el siglo XX. Yo diría que hasta el XXI si consideramos la edición de obras que relatan desde las proezas con el péndulo del Padre Mario, hasta las bilocaciones por las cuales lograba Pío de Pietrelcina estar presidiendo una misa mientras auxiliaba a los accidentados en medio de la ruta.
Aquí, para que el lector de Caldenia pueda imaginar el tenor del libro, algunos ejemplos divertidos o curiosos:

 

Obediencia de vida.
Al describir las virtudes de Rosa, como se hizo llamar a instancias de su madre y descontento de su abuela, el autor propone la Obediencia como la primera. Es esa misma resignación al cumplimiento de una imposición que hoy eludimos como a la peste. Por eso, la niña no se quitó unos vendajes de cuero durante muchos días aunque le provocaban enormes dolores. Cuando su madre, quien se los había puesto, recordó que todavía los llevaba, se encontró con estragos y llagas que impresionaban. Rosa reconoció que le dolían mucho pero alegó que sólo había obedecido su orden.

 

Los árboles no mueren de pie.
“Al rayar el alba descendía al huerto, y, antes de entrar en su celda […] la niña invitaba humildemente a los árboles, palmeras y hierbecillas a entonar alabanzas del Creador: entonces (y testigos maravillados lo vieron) los árboles inclinaban sus copas hasta el suelo, las palmeras barrían con sus ramos, y todo aquel mundo vegetal se estremecía y susurraba”.

 

Cero riesgo de dengue.
Los hermanos, vecinos y amigos sabían que Rosa había construido su propia celda sin ayuda. Apenas entraba en ella. Estaba en medio del huerto que se extendía detrás de las casas humildes de la época. Y se extrañaban que soportara estar tantas horas de oración en un sitio en que la cantidad de mosquitos y su agresividad eran descomunales. Ella simplemente se explicaba así, según cuenta el autor: “Al inaugurar la celda hice un tratado de paz con los mosquitos, de modo tal que ni ellos me pican ni yo los molesto–. Lejos de molestarlos los invitaba todos los días a rezar con ella por la mañana y al anochecer pues les decía que siendo criaturas de Dios no podían buenamente negarle sus alabanzas”.

 

Pollito mudo, perito en oratoria.
Rosa, en otra ocasión, nota que un pollito nacido entre sus animales domésticos no emite ningún sonido, por más que ella lo inste a hacerlo de muchas formas. Pero cuando su madre declara que lo sacrificará para meterlo a la olla, la santa corre a decirle: “–Canta, pollito, canta si no quieres morir! No bien la niña hubo acabado estas palabras, el pollo se irguió en toda su estatura, dio algunos saltos de prueba y comenzó a pasearse con ostentosa gallardía, no sin alborotar el gallinero a fuerza de cantos. De más está decir que la sentencia de muerte le fue levantada”.

 

El delivery más eficaz.
Rosa cumplía unos votos de ayuno prodigiosos. Pero sufría considerablemente en especial el frío del invierno limeño. En una ocasión, de madrugada rezaba en su celda y notó que estaba a punto de desvanecerse por el frío. Temiendo lo que hoy llamamos hipotermia, decidió ir al cuarto de su madre, pero antes le comentó a su Angel Guardián, con quien tenía una curiosa familiaridad y diálogo permanente, lo que le sucedía. Después fue junto a su madre y cuando ella la vio en ese estado mandó a una criada a conseguir azúcar y chocolate para hacerle una infusión. Pero Rosa le dijo: “–No es preciso que te pongas ahora en ese gasto – […] deteniendo a la criada. –¿Cómo no hacerlo?– le respondió su madre–, si no hay en toda la casa ni una pastilla de chocolate. –Así es– repuso la niña–. Pero yo sé que me lo enviarán ya hecho de casa del contador don Gonzalo.
La madre no disimuló su asombro: –¿A estas horas quieres que alguien te envíe chocolate? ¿Y cómo ha de saber el contador que lo necesitas?”
El chocolate llegó de la mano de un esclavo del contador en una chocolatera de plata, de madrugada. Cuando se fue el criado, Rosa “debió explicar que al sentirse enferma […] había enviado a su Angel de la Guarda para que le solicitase aquel socorro a doña María, la mujer del contador. ¡El angel había llevado su mensaje!”

 

Fruto del dolor.
Contrariamente a lo que sucedería si alguien se autoflagelara como Rosa en nuestro tiempo, que seguramente acabaría en un psiquiátrico, Marechal se admira del valor y el teocentrismo que encierra el pensamiento de la jovencita. Lo que revela el texto es por qué: se proponía ayudar a su Salvador sobrellevando los mismos dolores del mundo sobre su espalda, para repartir el peso y alivianarle la carga. Curioso pensamiento. Destruir su cuerpo para hacer crecer el espíritu era, para Marechal, el objetivo:
“Aquella obra penitencial tomó la forma de una guerra implacable que Rosa declaró a su cuerpo; pero no fue una guerra desordenada y sin más leyes que las de su violencia, sino una batalla inteligente, bien meditada y mejor cumplida en el estrecho campo de su tierra mortal.”
Todo es tan inverosímil que bien podríamos rubricar este texto como una manifestación del surrealismo. O un producto de los cuentos maravillosos con que se enseña a los niños pequeños. Y, sin embargo, en boca de Marechal y con ese tono característico, suena posible y hasta cierto punto, nos deja la sensación de ser algo coherente, si no lógico.
De un tiempo a esta parte se convirtieron en dignos de contarse los hechos misteriosos que ponen en juego el sentido de realidad. Como una oposición al concepto de mundo cuasi empírico que prevaleció desde el siglo XVIII y empobreció la perspectiva del hombre común, hoy se palpita el misterio. Hoy, lo inefable, lo esotérico intrigan. Sorprendería al público adulto la fascinación que tienen los adolescentes con disciplinas como la astrología, las constelaciones familiares, el tarot… Lo inefable y el deseo de atraparlo venden libros, series y films, además de ser motivos de conversaciones de lo más cotidianas entre gente común y en situaciones livianas. La reedición de este libro publicado en agosto de 1943, además de recordar a una criatura única y a un autor genial, quizá también rendiría sus frutos comerciales. Mientras tanto, pdf.

 

  • Docente y escritora
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