Alberto y la Argentina invisible

Redaccion 13/06/2021 - 05.56.hs

La reforma constitucional de 1994, los gobiernos kirchneristas, desde Néstor hasta Alberto Fernández, han adoptado medidas que tienden al reconocimiento de los derechos avasallados de los pueblos originarios. Nada de esto debería ser invisibilizado por el traspié verbal de un presidente cuyos actos no tienen una pizca de racismo.

 

Por Horacio Verbitsky

 

La confusión entre Octavio Paz y Lito Nebbia se presta al cachondeo, pero no es grave, porque palabra más o menos ambos dijeron lo mismo. Lo problemático es el contenido de la frase, que refleja un lugar común cultural de la pampa húmeda. Cuando Octavio Paz dijo que los mexicanos descienden de los aztecas, los peruanos de los incas y los argentinos de los barcos, lo hizo citando la frase que le escuchó a un periodista argentino. A su vez, el comentario del autor de la diatriba anti estatista El ogro filantrópico, fue oral y su transcripción se debe a Carlos Fuentes, quien entendió bien que era una joda, cosa que no puede decirse de todos los escandalizados por la gaffe presidencial.
Es aconsejable no enredarse en una polémica estéril sobre sus palabras y observar mejor sus actos y el contexto general. Hace un siglo, el escritor nacionalista Ramón Doll dijo que «cuando el país era gaucho (él también se olvidó de los indios), la oligarquía para detenerlo le opuso el mito gringo. Ahora que es gringo, la oligarquía para detenerlo le opone el mito gaucho». Se refería a la inmigración de las últimas tres décadas del siglo XIX y primera del siglo XX, y al movimiento cultural que acompañó a la represión del Ejército y de la Legión Patriótica en torno a la Semana Trágica de 1919, con la creación de los Cursos de Cultura Católica, precursores de la PUCA.
Esta historia tiene raíces profundas, que David Viñas expuso en su obra magna, Indios, Ejército y frontera, que la ubica en el contexto de la expansión del capital, el desplazamiento de masas humanas de la Europa blanca y el exterminio de los pueblos originarios para apoderarse de sus tierras, con pretextos civilizatorios y religiosos, de efectos duraderos.
En 2007 fue beatificado Ceferino Namuncurá, hijo del cacique mapuche Manuel Namuncurá, quien el 5 de mayo de 1884 se sometió a las tropas del general Julio Roca. Fue mediador de su rendición el misionero salesiano Domingo Milanesio, quien bautizó a Ceferino. Sobre la humillación, escarnio: el Ejército vencedor concedió a Manuel Namuncurá ocho hectáreas de tierra y el grado de coronel y la Iglesia Católica elevó a uno de sus hijos a los altares. La beatificación de Ceferino, sacraliza el rol de esa institución como sustento dogmático de la represión contra los sectores subordinados de la sociedad. Las campañas de Roca y de la última dictadura consolidaron grupos de poder decisivos y nuevas formas de inserción en el mercado mundial. Viñas atisba en 1982, que los indios fueron los primeros desaparecidos. La jerarquía episcopal bendijo ambas masacres.
En 2008, al año siguiente de la beatificación y en pleno conflicto con la Sociedad Rural por las retenciones, el periodista e historiador Richard Gott publicó un esclarecedor artículo en el diario londinense The Guardian sobre la composición étnica de la Argentina. Gott entrevistó al genetista Daniel Corach (el primo bueno), cuyas investigaciones indican que el 56% de la población actual del país tiene sangre indígena. A una conclusión similar había llegado desde la crítica literaria la ensayista venezolana Susana Rotker, esposa hasta su muerte de Tomás Eloy Martínez. «No somos tan europeos como creemos» explica Corach, quien durante más de una década examinó el ADN de 12 mil personas en once provincias. Según el investigador de la Universidad de Buenos Aires, 20 millones de argentinos son de origen indígena mientras apenas 16 pueden remontar sus ancestros a Europa.
El abuelo de Ceferino, Juan Calfucurá, mantuvo durante décadas una relación de paz armada con el gobierno bonaerense de Juan Manuel de Rosas, a quien apoyó con hombres de combate en la batalla de Caseros de 1852. Luego de la victoria de Urquiza, Calfucurá le envió a su hijo Manuel Namuncurá, quien fue convertido al catolicismo en Paraná. Calfucurá murió en 1873 y su tumba fue profanada por «la soldadesca» del Ejército, según la calificación del canciller Estanislao Severo Zeballos. Junto a los restos del último soberano de la pampa exhumaron los de su caballo, diversas armas y veinte botellas de anís, caña, ginebra, aguardiente, licor de manzanas, cognac y agua, lo que a su juicio revela que estos indios «conservan una noción oscura de la inmortalidad del alma». La tropa del general Levalle, dice Zeballos en sus Episodios en tierras del sur, «había trabajado medio día al rayo del solazo de esta época y encontró en las botellas un refrescante que debió parecerle tan delicioso como los helados de la confitería del Águila. En un instante fueron agotadas las botellas de las bebidas del finado, que estaban herméticamente cerradas y cuyos tapones volaban con gollete, bajo el lomo de los puñales». Zeballos llegó a reunir una colección de 150 cráneos que varios coroneles de Roca le traían como regalo para su museo privado junto con objetos de plata y con las varias cajas del importante archivo del cacicazgo de Salinas Grandes, saqueados a estos «salvajes», como los llamaba, que tenían una oscura comprensión del espiritualismo católico.

 

Contrastes.

 

El escritor católico Manuel Gálvez, quien llamó a Ceferino El santito de la toldería, se sintió obligado a explicar por qué había decidido escribir la biografía de «un oscuro indiecito que pasó ignorado por este mundo y que nada hizo de importante». Sus argumentos son notables: «Más que la virtud de Ceferino y que sus formidables antepasados, me ha atraído el contraste entre el ambiente en que nació, la pampa bárbara, y el ambiente en que vivió, la Roma de Pío X. No, no ha habido en el mundo, nunca jamás, una posición igual. En la pampa de Calfucurá y de Namuncurá, sangre, violencias, saqueos, latrocinios, corrupción, ignorancia absoluta, paganismo. En el ambiente que rodeó a Ceferino en sus últimos meses, la Iglesia de Cristo, la bondad del Santo Padre, la cultura latina y cristiana. Con pocos años de diferencia, el hijo de la Pampa, que oyera entre los suyos los relatos de los malones, oirá la palabra del representante de Cristo y las voces maravillosas del órgano en San Pedro del Vaticano. ¿No es un milagro eso de haber pasado desde los ranchos junto al Collon-Curá hasta la capilla Sixtina, decorada por Buonarotti?». En Turín, Ceferino fue recibido por la reina y la princesa de Saboya, y en Roma por el papa Giuseppe Sarto, el implacable Pío X, denunciador de modernistas y católicos sociales, quien le regaló una medalla. Todos los relatos hagiográficos destacan la complacencia del Pontífice al escuchar al humilde aborigen expresarse en italiano. Ceferino agonizó sin quejarse y murió en 1905, a los 18 años, de tuberculosis, una de las enfermedades contagiadas a los pueblos originarios por soldados y misioneros. El año anterior había concluido la segunda presidencia de Roca, quien ingresó a la política con lo puesto y amasó desde el gobierno una fortuna incalculable. No es casualidad que su biografía novelada por Félix Luna haya coincidido con la primera presidencia de Menem. El tucumano es el prócer preferido de la oligarquía argentina, que lo exalta como artífice de la unidad nacional y el desarrollo económico. Que haya sido un asesino seríal no les parece relevante.

 

Capellanes y coroneles.

 

Cuando Roca inició su campaña de exterminio le pidió al arzobispo de Buenos Aires Federico Aneiros la designación de capellanes que acompañaran a las tropas. El sacerdote Santiago Costamagna confió sus preocupaciones al creador de la sociedad de San Francisco de Sales, Juan Bosco. Su incomodidad por el uso de medios poco evangélicos no llegaba a poner en duda su participación en la campaña: «¿Qué tienen que ver el ministro de guerra y los militares con una misión de paz? Mi estimado Don Bosco, es necesario adaptarse por amor o por la fuerza. En esta circunstancia la cruz tiene que ir detrás la espada. ¡Paciencia!».
Pocos meses antes se había conocido que uno de los hermanos de Roca (que tuvo siete) había hecho fusilar a más de medio centenar de indígenas. Rudecindo Roca en su parte de campaña los había dado por muertos en un enfrentamiento con sus tropas. Pero el diario La Nación reconstruyó en base a testimonios y publicaciones de diarios del interior que eran prisioneros que habían sido encerrados sin armas en un corral. Para el diario que Mitre había fundado ocho años antes, se trató de un «crimen de lesa humanidad». Los partes militares estudiados por la antropóloga Diana Lenton también dan cuenta del secuestro de chicos, la matanza de prisioneros, la violación sistemática como arma de guerra, la prostitución forzada como botín de los soldados.
El vicario general y futuro arzobispo de Buenos Aires Mariano Espinosa y los salesianos Costamagna y Luis Botta llegaron con la vanguardia del Ejército hasta el río Colorado, donde oficiaron misa. En el camino iban convirtiendo a los indígenas que quedaban con vida. Cumplían así con una parte del mandato constitucional («Proveer a la seguridad de las fronteras; conservar el trato pacífico con los indios, y promover la conversión de ellos al catolicismo»). Según Roca esos desolados campos se convertirían en pueblos florecientes en los que millones de hombres vivirían ricos y felices.
Ricos y felices vivieron menos de dos mil personas, entre ellos altos jefes o proveedores del Ejército, como el propio Roca y sus hermanos Ataliva y Rudecindo, entre quienes se repartieron centenares de miles de hectáreas de tierra. Roca reforzaba la fidelidad militar con la entrega de enormes superficies arrebatadas a los pobladores originarios pero también a los pioneros blancos de la frontera que su Ejército arrasó.
Las memorias de uno de los oficiales de esa campaña, el comandante Manuel Prado, cantan a los «pobres y heroicos milicos», cuyos restos se blanqueaban confundidos con las osamentas del ganado, a orillas de las lagunas o en el fondo de los médanos, mientras la tierra pública era «marchanteada en concesiones fabulosas de treinta y más leguas» que caían bajo «la garra de favoritos audaces», que formarían el núcleo de la oligarquía.
Costamagna, uno de los capellanes salesianos que llegaron al Río Negro para catequizar a los vencidos consignó: «La miseria en que los encontré es algo impresionante». En 1883, Milanesio y su colega Giuseppe Fagnano denunciaron los «agravios a las garantías de los vencidos», pero sólo en cartas que enviaban a Italia, mientras en el país actuaban como parte de un «bloque civilizador» unido.
Hasta Zeballos, el propagandista contratado por Roca para exaltar su gesta, consignó que de los 4032 muertos y prisioneros hechos por el Ejército sólo 911 «son de pelea, los demás de chusma», es decir, mujeres y niños.
Los salesianos querían convertir a los indígenas y asentar colonias agrícolas en el lugar. La oligarquía y el Ejército tenían otro plan: los hombres debían trabajar en condiciones de esclavitud en los ingenios azucareros de Tucumán (la provincia natal del presidente Avellaneda y de su ministro y sucesor Roca), las mujeres y sus hijos como sirvientes de las familias prominentes de Buenos Aires, las mismas que se repartieron las tierras arrebatadas a sus pobladores.
Esto condicionó el desenvolvimiento posterior de la sociedad y la economía, porque la tierra también quedó fuera del alcance de los inmigrantes atraídos por el programa de Sarmiento y Alberdi. No hubo colonización agrícola de pequeñas propiedades que producen para el mercado interno como en Estados Unidos, sino gran latifundio de exportación hacia el mercado británico, del que se importaban todas las manufacturas. Es un tópico de ciencia infusa que la campaña del desierto puede parangonarse con la guerra civil de Estados Unidos, pero de resultado opuesto.
Para financiar la expedición de Roca, se contrajo un millonario empréstito. El endeudamiento fue ya entonces el gran mecanismo reciclador de las relaciones de poder, porque unos gozaron del crédito y otros lo pagaron. Sarmiento lo resumió el año del nacimiento de Ceferino con una paráfrasis despiadada del Himno Nacional:
«Calle Esparta su virtud,
sus hazañas calle Roma.
¡Silencio! que al mundo asoma
la gran deudora del sur».
Avellaneda fue el presidente que dispuso economizar sobre el hambre y la sed de los argentinos para cumplir con los acreedores externos. «Hemos pagado hasta este momento todo, sin investigaciones prolijas y hasta casi sin examen, porque este es uno de los rasgos de nuestro carácter nacional». Durante los años de la última dictadura, hasta 1983, el 70% de los préstamos fueron recibidos por 30 grupos económicos nacionales y 106 empresas transnacionales y absorbidos por el Estado, que los descargó sobre la sociedad. El ser nacional existe, y parece inmutable.

 

Los Tornquist y los Bullrich.

 

Los restos de Ceferino fueron repatriados en 1924 por gestión del salesiano Adolfo Tornquist, heredero de una familia de íntima vinculación con la guerra al indio. Era hijo del ingeniero belga Ernesto Tornquist, cuya empresa de transporte Villalonga condujo de ida las provisiones para los soldados expedicionarios que conquistaron esas tierras y llevó de vuelta a los indígenas capturados como mano de obra esclava a Tucumán. También construyó el ferrocarril de Tucumán a Rosario y financió la construcción del puerto de Rosario, para exportar el azúcar producido en esas condiciones. Cuando Roca fue presidente le brindó tres ministros de Hacienda que eran gerentes de sus empresas, tal como haría Acíndar en 1976 con su presidente José Alfredo Martínez de Hoz. El propio Roca asistió a la bendición de una capilla construida por Ernesto Tornquist. Su hijo Adolfo ingresó a la orden de Don Bosco y fue donante para la construcción de algunos de «los más suntuosos edificios modernos de Roma», entre ellos el Instituto Pío XI de Roma, según el admirativo comentario del embajador argentino Carlos de Estrada. En 1932, el rector de la Universidad Pontificia Gregoriana rindió homenaje de gratitud a «los hijos de la noble Nación Argentina» que «ocupan el primer lugar sobre todos los demás benefactores». Cuando llegaron al puerto de Buenos Aires, los despojos de Namuncurá fueron conducidos de regreso a la Patagonia por la empresa familiar de los Tornquist, el Expreso Villalonga. Modelo de sumisión, el beato es recordado por la Iglesia como «el lirio de las pampas», pero nada dice sobre las relaciones de la Santa Sede con la oligarquía argentina ni el proceso social y económico que llevó al indiecito bueno de las tolderías de la Patagonia hasta Roma y luego de su muerte, a la puerta del santoral.
También se llamaba Adolfo el fundador de la casa de remates Bullrich, creada para lotear los despojos de la campaña, una vez que las mejores tierras fueron entregadas en forma graciosa o vendidas a a un décimo de su valor entre amigos y favorecedores del presidente Roca, por medio de su hermano Ataliva, nombre que Faustino Sarmiento convertirá en verbo como sinónimo de coimear. Dos de sus descendientes fueron ministros del presidente Maurizio Macrì, aquel que le dijo a Juan Carlos de Borbón un 9 de julio que los patriotas sintieron angustia al separarse de España. Como ministro de Educación, Esteban Bullrich dijo al inaugurar un hospital escuela en Choele-Choel, que era parte de la segunda campaña del desierto, esta vez sin armas. La ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, fue menos contemplativa: ella justificó la irrupción violenta de la Gendarmería y de la Prefectura en territorio mapuche, lo que culminó con las muertes de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel. Sus argumentos civilizatorios atrasan un siglo y medio.

 

Corrección política investigación.

 

La Iglesia católica argentina no suscribiría en el siglo XXI las despectivas palabras de Manuel Gálvez de 1947. Por el contrario, los obispos de la región Patagonia-Comahue sostuvieron que Ceferino era, como Cristo, un signo de contradicción: «En una sociedad donde se proclama la supremacía de la raza blanca él afirma la igualdad de todas las razas; en una sociedad donde se aprecia el valor de la violencia y de la fuerza física, él manifiesta el valor del amor y del perdón». Agregaron que, siguiendo a Jesús, Ceferino «presenta una alternativa a nuestra sociedad consumista y que excluye a muchos. En una sociedad que despreciaba a los aborígenes, que había hecho de la Campaña del desierto una epopeya de la civilización contra la barbarie, se presenta este joven sin poder, sin dinero, sin títulos, sin odio. Es un indio que ha perdido todo, pero que mantiene su cultura, sus valores, su espíritu de comunión con los demás y su férrea voluntad. Es pobre de medios materiales, pero es rico de virtudes y de actitudes que hacen de él un modelo nuevo y distinto, ejemplo para todos». Su cultura y sus valores son, precisamente, aquello a cuyo despojo contribuyó la Iglesia Católica. La trabajosa construcción del Episcopado fue que Ceferino transmitía un mensaje de reconciliación, la palabra en código por impunidad.
La reforma constitucional de 1994, los gobiernos kirchneristas, desde Néstor hasta Alberto Fernández, han adoptado medidas que tienden al reconocimiento de los derechos avasallados de esa población invisible: el reconocimiento de la propiedad comunitaria, la declaración de emergencia territorial de las comunidades indígenas (que suspendió la ejecución de sentencias, actos procesales o administrativos cuyo objeto sea el desalojo o desocupación de las tierras que ocupan y la realización de un relevamiento técnico, jurídico y catastral de las Comunidades Indígenas y las tierras que ocupan). Basta con ver la indignación de medios como Infoemba ante cada reivindicación que los pueblos originarios fuerzan, nunca sin lucha, y las críticas que dirigen a los funcionarios del gobierno nacional, como la ministra de Seguridad, Sabina Frederic, que se niegan a aplicar el esquema represivo y violento que caracterizó a su predecesora, Patricia Bullrich, durante la presidencia de Maurizio Macrì.
Nada de esto debería ser invisibilizado por el traspié verbal de un presidente cuyos actos no tienen una pizca de racismo.

 

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